Foreign Policy

Usos perversos del lenguaje

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Un debate casi perenne se cierne sobre la industria cinematográfica española. Una queja. Una sensación de abandono institucional. “El cine necesita más apoyo del que recibe actualmente”Es lo que escuchamos aquí y allá, lo que decimos, lo que piensan y piensan. También lo que critican algunos sectores, lo que algunos se oponen. Aquí nace un debate público pero también una cuestión moral. Y finalmente, un asunto delicado en el que tiene mucho que ver un uso (quizás) perverso del lenguaje a la hora de hacer referencia al apoyo público a los audiovisuales.

Demanda de más protección pública para el mundo del cine posiciona a la industria (creadores, productores, técnicos, etc.) a un lado del debate. Ellos son / nosotros somos los solicitantes. Se pide y se espera recibir. Esta protección puede venir de muchas formas, pero en general, una de las posibles líneas de apoyo parece ser más importante que el resto: ayuda financiera para audiovisualesl. Se acepta que, dado que el cine es un arte caro, se necesita un gran presupuesto. El cine en España es un arte subvencionado (al menos en un porcentaje muy importante de los títulos publicados) y, como tal, se ‘requiere’ atención estatal. Es necesario. Es requerido.

La palabra apoyo, como la palabra ayuda, tiene un significado muy específico. Alguien (institución en este caso) apoya a alguien (industria cinematográfica). Si llevamos un poco más lejos esta reflexión banal diríamos que, por ejemplo, el dinero del Ministerio de Cultura y Deportes (el dinero de todos los ciudadanos) a través de una línea de quiebras va a una serie de productores (unos pocos) para hacer películas. De esta concesión nace la denuncia. Por un lado, opiniones como que el ICAA necesita más dinero público, que RTVE es infrarrojo, que los presupuestos destinados al desarrollo cinematográfico desde nuestras instituciones públicas no son tan generosos como los de los organismos públicos franceses … Por otro lado, que el cine no debe financiarse con dinero público: S¡subvencionado! ¡Los titiriteros guardados! Etc. Esta falta de consenso continúa año tras año y se reduce a un choque de premisas muy conciso: se necesita más dinero público vs. el cine no se debe financiar con dinero público. Y así para siempre.

Emilio Ruiz del Ri? O colocando los modelos para Operacio? N Ogro.

Pero, ¿qué pasa si lo planteamos desde otra perspectiva? ¿Y si cuestionáramos el uso de las palabras “ayuda”, “subvención”, “protección” o “ayuda”? La industria cinematográfica está apoyada, subvencionada, protegida o asistida por instituciones públicas. Pero preguntemos: ¿El audiovisual no apoya a las instituciones? ¿No ayuda a la sociedad? La interpretación del debate establecido presupone una entidad que otorga y un sector que simplemente recibe, que es ayudado. Eso le da a la institución una gran superioridad moral sobre el sector. El gobierno en cuestión se eleva sobre el productor, el político sobre el creador. Sí, superioridad moral. El político da una ayuda. El creador recibe una ayuda. Luego, el creador sólo puede estar agradecido, ya que la política le da. El creador, el productor, los técnicos o las actrices se ponen en marcha gracias a la voluntad de la política que destina dinero al cine. Nos ayudan, nos protegen, nos hacen funcionar.

Cambiemos el enfoque. Discutamos, como digo, el uso de la palabra “ayuda”. De “donación” económica vamos a hablar de intercambio. Digamos que la institución saca algo del audiovisual, que ambas partes ganan. Ese toda la sociedad también se beneficia de este sector cultural. Supongamos que una película (como esta, en general) genera empleo. Supongamos también que una película como 8 apellidos vascos (así, en particular), provoca un cambio radical en el turismo en un municipio de Gipuzkoa. También vamos a suponer que una serie de películas está en sintonía con una de las grandes misiones de la prensa, como es controlar a la clase política, denunciar, crear pensamiento, generar debate. Digamos que una película, Grupo 7, nos ayuda a entender que organizar la Expo de Sevilla nos obligó a traspasar barreras inasequibles, que Operación Ogro crea una imagen del atentado de Carrero Blanco que acaba siendo parte del imaginario colectivo, que La Caja 507 habla de delitos urbanos años antes del estallido de la burbuja inmobiliaria. Digamos que en una estantería de una FNAC de París descansa la marca España en forma de colección de películas de Almodóvar.

Clara Lago y Dani Rovira en ‘8 apellidos vascos’.

¿Y si todo lo que el cine “apoyado” le da a toda la sociedad fuera cuantificable? ¿Sería legítimo hablar de canje, de trueque? ¿Cuál sería la acogida del público si en lugar de hablar de ayudas, hablamos de Concursos o Concursos Públicos de proyectos? ¿No es una competencia entre proyectos en la que una comisión especializada valora mucho el trabajo realizado por las productoras durante la fase de desarrollo? ¿No se están adjudicando los proyectos mejor calificados? Si acude al ICAA en busca de ayudas, encontrará una escala en la que se ve claramente que una productora debe trabajar duro si realmente quiere financiar una película. En el fondo, aquellos que han orientado más y mejor su proyecto a las diferentes convocatorias son “premiados”, en general más “autores” en la convocatoria de ayudas selectivas, más “comerciales” o “industriales” en la convocatoria de ayudas generales (evidentemente hay muchos matices y variables que condicionan el resultado y que pueden ser más o menos criticadas). ¿Qué pasaría si en lugar de la línea de ayudas habláramos de ese proyecto o concurso de premios? Si hemos dicho que quien recibe ayuda sólo puede ser agradecido, quien recibe un “premio” o ha pasado un concurso público lo ha ganado, también lo estará agradecido, pero se presupondrá un mérito. El resultado es el mismo. El origen del financiamiento sería el mismo. El significado que sospecho sería diferente.

Los términos “ayuda”, “subvención”, “apoyo” y “protección” presentan el mismo dilema. Todos ellos definen una realidad en la que alguien otorga y alguien recibe. ¿Podrían los proyectos de largometraje o cortometraje presentados a comisiones públicas afirmar su contribución a este supuesto trueque? ¿El hecho de que los proyectos sean promovidos por particulares imposibilita que se entiendan como un intercambio? Y finalmente, ¿podría una revisión de los términos utilizados y la jerga típica de la financiación audiovisual mejorar la percepción que una parte de la sociedad y el espacio político tiene del mundo del cine? Cuestionar el uso de una palabra como “subsidio”, aplicada a los programas de financiamiento audiovisual, puede ayudarnos a entender que el uso del lenguaje también es un acto político. Ideología. Y como tal, exige un debate.

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