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¿Qué cube la Iglesia sobre la atención pastoral de las personas homosexuales?

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El 1 de octubre de 1986, Juan Pablo II, en el transcurso una audiencia con Joseph Ratzinger, entonces prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, aprobó una Carta dirigida a los obispos del mundo entero firmada por el futuro Benedicto XVI. En ella se abordaba el asunto de la homosexualidad y, en concreto, el como afrontar su atención pastoral.

“El problema de la homosexualidad y del juicio ético sobre los actos homosexuales se ha convertido cada vez más en objeto de debate público, incluso en ambientes católicos”, empieza la carta firmada por Ratzinger. El entonces cardenal señala que en esta discusión muchas veces se proponen argumentaciones y posiciones “no conformes con la enseñanza de la Iglesia Católica”.

Ratzinger menciona la “Declaración sobre algunas cuestiones de ética sexual”, del 29 de diciembre de 1975, donde la Congregación para la Doctrina de la Fe ya había tratado este problema. En aquel documento, escribe, “la culpabilidad de los actos homosexuales debía ser juzgada con prudencia”. Además, se tenía en cuenta la distinción “entre condición o tendencia homosexual y actos homosexuales”. “Estos últimos venían descritos como actos que están privados de su finalidad esencial e indispensable, como “intrínsecamente desordenados” y que en ningún caso pueden recibir aprobación”, dice ahora Pontífice emérito.

Sin embargo, señala que en la discusión posterior a esta publicación se propusieron unas interpretaciones “excesivamente benévolas de la condición homosexual misma, hasta el punto de que alguno se atrevió incluso a definirla indiferente o, sin más, buena”.

“Es necesario precisar, por el contrario, que la particular inclinación de la persona homosexual, aunque en sí no sea pecado, constituye sin embargo una tendencia, más o menos fuerte, hacia un comportamiento intrínsecamente malo desde el punto de vista moral. Por este motivo la inclinación misma debe ser considerada como objetivamente desordenada”, escribe el entonces prefecto de la Doctrina de la Fe.

“Una de las dimensiones esenciales de una auténtica atención pastoral es la identificación de las causas que han creado confusión en relación con la enseñanza de la Iglesia”, escribe Ratzinger, y entre ellas “se señala una nueva exégesis de la Sagrada Escritura”. “Es cierto que la literatura bíblica debe a las varias épocas en las que fue escrita gran parte de sus modelos de pensamiento y de expresión”, explica. Sin embargo, se debe destacar que “existe una evidente coherencia dentro de las Escrituras mismas sobre el comportamiento homosexual”.

Según el purpurado bávaro, es fundamental “reconocer que los textos sagrados no son comprendidos realmente cuando se interpretan en un modo que contradice la Tradición viva de la Iglesia. La interpretación de la Escritura, para ser correcta, debe estar en efectivo acuerdo con esta Tradición”.

Entonces, el futuro Papa, va repasando aquellos puntos de las Sagradas Escrituras que explican la posición de la Iglesia al respecto, citando partes del Génesis, Levítico y algunas cartas de san Pablo.

“Sólo en la relación conyugal puede ser moralmente recto el uso de la facultad sexual. Por consiguiente, una persona que se comporta de manera homosexual obra inmoralmente”, explica Joseph Ratzinger. “Optar por una actividad sexual con una persona del mismo sexo equivale a anular el rico simbolismo y el significado, para no hablar de los fines, del designio del Creador en relación con la realidad sexual”.

Esto no significa que las personas homosexuales no sean a menudo generosas y no se donen a sí mismas, señala, “pero cuando se empeñan en una actividad homosexual refuerzan dentro de ellas una inclinación sexual desordenada, en sí misma caracterizada por la auto-complacencia”. La actividad homosexual “impide la propia realización y felicidad porque es contraria a la sabiduría creadora de Dios”.

El cardenal advierte de que, en la actualidad ―y escribe esto en 1986― un número cada vez más grande de personas, incluso dentro de la Iglesia, “ejercen una fortísima presión para llevarla a aceptar la condición homosexual, como si no fuera desordenada, y a legitimar los actos homosexuales”. “Quienes dentro de la comunidad de fe incitan en esta dirección tienen a menudo estrechos vínculos con los que obran fuera de ella”, explica.

Los ministros de la Iglesia deben procurar que las personas homosexuales confiadas a su cuidado “no se desvíen por estas opiniones, tan profundamente opuestas a la enseñanza de la Iglesia”. El riesgo es grande y hay muchos “que tratan de crear confusión en relación con la posición de la Iglesia y de aprovechar esta confusión para sus propios fines”, alerta el futuro Pontífice.

El que será Papa 19 años después, advierte que, dentro de la Iglesia, se ha formado una tendencia, “constituida por grupos de presión con diversos nombres y diversa amplitud, que intenta acreditarse como representante de todas las personas homosexuales que son católicas”. “Se trata de mantener bajo el amparo del catolicismo a personas homosexuales que no tienen intención alguna de abandonar su comportamiento homosexual. Una de las tácticas utilizadas es la de afirmar, en tono de protesta, que cualquier crítica, o reserva en relación con las personas homosexuales, con su actividad y con su estilo de vida, constituye simplemente una forma de injusta discriminación”, escribe el alemán.

En algunas naciones intenta “manipular a la Iglesia conquistando el apoyo de sus pastores, frecuentemente de buena fe, en el esfuerzo de cambiar las normas de la legislación civil”. El fin de tal acción consiste en conformar esta legislación con la concepción propia de estos grupos de presión, para quienes la homosexualidad es, si no totalmente buena, al menos una realidad perfectamente inocua”.

“La Iglesia no puede dejar de preocuparse de todo esto y por consiguiente mantiene firme su clara posición al respecto, que no puede ser modificada por la presión de la legislación civil o de la moda del momento”, afirma. La Iglesia se preocupa “sinceramente” de muchísimas personas que “no se sienten representadas por los movimientos pro-homosexuales y de aquellos que podrían estar tentados a creer en su engañosa propaganda”.

“La Iglesia es consciente de que la opinión, según la cual la actividad homosexual sería equivalente, o por lo menos igualmente aceptable, cuanto la expresión sexual del amor conyugal, tiene una incidencia directa sobre la concepción que la sociedad tiene acerca de la naturaleza y de los derechos de la familia, poniéndolos seriamente en peligro”, explica el futuro Benedicto XVI.

Ratzinger dice que hay que deplorar “con firmeza” que las personas homosexuales “hayan sido y sean todavía objeto de expresiones malévolas y de acciones violentas”. “Tales comportamientos merecen la condena de los pastores de la Iglesia, dondequiera que se verifiquen”, señala.

“Sin embargo, la justa reacción a las injusticias cometidas contra las personas homosexuales de ningún modo puede llevar a la afirmación de que la condición homosexual no sea desordenada”, advierte el purpurado. Cuando esa afirmación es acogida y la actividad homosexual es aceptada como buena, o también cuando se introduce una legislación civil para proteger un comportamiento al cual ninguno puede reivindicar derecho alguno, “ni la Iglesia, ni la sociedad en su conjunto deberían luego sorprenderse si también ganan terreno otras opiniones y prácticas torcidas y si aumentan los comportamientos irracionales y violentos”.

Según Ratzinger, algunos sostienen que la tendencia homosexual, en algunos casos, no es el resultado de una elección deliberada “y que la persona homosexual no tiene alternativa, sino que es forzada a comportarse de una manera homosexual”, con lo cual, al no ser verdaderamente libre, “obraría sin culpa en estos casos”.

El cardenal hace referencia a la “sabia tradición moral” de la Iglesia, “la cual pone en guardia contra generalizaciones en el juicio de los casos particulares”. “De hecho, en un caso determinado pueden haber existido en el pasado o pueden todavía subsistir circunstancias tales que reducen y hasta quitan la culpabilidad del individuo; otras circunstancias, por el contrario, pueden aumentarla”, escribe.

Ratzinger alerta que se debe evitar “la presunción infundada y humillante” de que el comportamiento homosexual de las personas homosexuales “esté siempre y totalmente sujeto a coacción y por consiguiente sin culpa”. Se debe reconocer aquella libertad fundamental que caracteriza a la persona humana y le confiere su particular dignidad. Gracias a esta libertad, “el esfuerzo humano, iluminado y sostenido por la gracia de Dios, podrá permitirles evitar la actividad homosexual”.

¿Qué debe hacer entonces una persona homosexual que busca seguir al Señor?, se pregunta Ratzinger. Estas personas “están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, uniendo al sacrificio de la cruz del Señor todo sufrimiento y dificultad que puedan experimentar a causa de su condición”. A pesar de que toda invitación a llevar la cruz o a entender de este modo el sufrimiento del cristiano “será presumiblemente objeto de mofa por parte de alguno”, se debe recordar que “ésta es la vía de la salvación para todos aquellos que son seguidores de Cristo”, explica.

La conformidad de la auto-renuncia de los hombres y de las mujeres homosexuales con el sacrificio del Señor “constituirá para ellos una fuente de auto-donación que los salvará de una forma de vida que amenaza continuamente de destruirlos”. “Las personas homosexuales, como los demás cristianos, están llamadas a vivir la castidad”, escribe el entonces cardenal.

Una clara y eficaz transmisión de la doctrina de la Iglesia a todos los fieles y a la sociedad en su conjunto “depende en gran parte de la correcta enseñanza y de la fidelidad de quien ejercita el ministerio pastoral”, advierte. Los obispos “tienen la responsabilidad particularmente grave de preocuparse de que sus colaboradores en el ministerio, y sobre todo los sacerdotes, estén rectamente informados y personalmente bien dispuestos para comunicar a todos la doctrina de la Iglesia en su integridad”.

Ratzinger sostiene que es admirable la labor de muchos sacerdotes que se dedican a atención pastoral a las personas homosexuales y les asegura que deben tener “la certeza” de que están cumpliendo fielmente la voluntad del Señor “cuando estimulan a la persona homosexual a conducir una vida casta y le recuerdan la dignidad incomparable que Dios ha dado también a ella”.

En nombre de la Congregación, el entonces prefecto pide a los obispos “que estén particularmente vigilantes en relación con aquellos programas” que intentan ejercer “una presión sobre la Iglesia para que cambie su doctrina”. Ratzinger escribe que un estudio atento de las declaraciones públicas y de las actividades que promueven esos programas “revela una calculada ambigüedad, a través de la cual buscan confundir a los pastores y a los fieles”.

“Ningún programa pastoral auténtico podrá incluir organizaciones en las que se asocien entre sí personas homosexuales, sin que se establezca claramente que la actividad homosexual es inmoral. Una actitud verdaderamente pastoral comprenderá la necesidad de evitar las ocasiones próximas de pecado a las personas homosexuales”, alerta el futuro Benedicto XVI.

Se debe dejar bien en claro, escribe, “que todo alejamiento de la enseñanza de la Iglesia, o el silencio acerca de ella, so pretexto de ofrecer un cuidado pastoral, no constituye una forma de auténtica atención ni de pastoral válida”.

“La persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, no puede ser definida de manera adecuada con una referencia reductiva sólo a su orientación sexual”, señala el purpurado alemán. “La Iglesia ofrece para la atención a la persona humana, el contexto del que hoy se siente una extrema exigencia, precisamente cuando rechaza el que se considere la persona puramente como un «heterosexual» o un «homosexual» y cuando subraya que todos tienen la misma identidad fundamental: el ser creatura y, por gracia, hijo de Dios, heredero de la vida eterna”, explica Ratzinger.

Los obispos “deben procurar sostener con los medios a su disposición el desarrollo de formas especializadas de atención pastoral para las personas homosexuales. Esto podría incluir la colaboración de las ciencias psicológicas, sociológicas y médicas, manteniéndose siempre en plena fidelidad con la doctrina de la Iglesia”, dice. También señala que los prelados deben seleccionar con particular atención a aquellos ministros que se encargarán de esta tarea.

“Será conveniente además promover programas apropiados de catequesis, fundados sobre la verdad concerniente a la sexualidad humana, en su relación con la vida de la familia, tal como es enseñada por la Iglesia. Tales programas, en efecto, suministran un óptimo contexto, dentro del cual se puede tratar también la cuestión de la homosexualidad”, asegura el prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, que añade que esas catequesis podrán ayudar a aquellas familias “en las que se encuentran personas homosexuales”.

“Se deberá retirar todo apoyo a cualquier organización que busque subvertir la enseñanza de la Iglesia, que sea ambigua respecto a ella o que la descuide completamente”, advierte futuro Papa. “Una especial atención se deberá tener en la práctica de la programación de celebraciones religiosas o en el uso de edificios pertenecientes a la Iglesia por parte de estos grupos, incluida la posibilidad de disponer de las escuelas y de los institutos católicos de estudios superiores. El permiso para hacer uso de una propiedad de la Iglesia les puede parecer a algunos solamente un gesto de justicia y caridad, pero en realidad constituye una contradicción con las finalidades mismas para las cuales estas instituciones fueron fundadas y puede ser fuente de malentendidos y de escándalo”, explica el cardenal.

“Al evaluar eventuales proyectos legislativos, se deberá poner en primer plano el empeño de defender y promover la vida de la familia”, afirma.

Puedes leer la carta completa aquí.

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