Foreign Policy

Miquel Ramos: “Criminalizar el antifascismo ha sido una forma de negar un problema con la extrema derecha”

Antifascistas. Así se combatió a la extrema derecha española desde los años 90 (Capitán Swing) es una especie de enciclopedia de la lucha contra la ultraderecha en España. “Una historia contada desde adentro”, asegura la abogada Pastori Filigrana en el prólogo. Tanto porque está plagado de voces de activistas y personas implicadas en los movimientos sociales y en el antifascismo como porque su propio autor ha vivido de cerca algunos de los hechos relatados en el libro.

Miquel Ramos es periodista, colaborador de lamarea.com e investigador sobre el fascismo y la extrema derecha. Entre sus últimos trabajos, se encuentra la coordinación del informe De los neocón a los neonazis: la derecha radical en el Estado español (Rosa Luxemburg Stiftung, 2021) y la coautoría del proyecto crimenesdeodio.info, que rescata la memoria de las víctimas mortales del racismo, la homofobia y otras formas de intolerancia en España desde 1990.

¿En qué momento nacen sus inquietudes antifascistas?

A mí me toca de cerca, como explico en la introducción, porque era imposible huir de lo que sucedía a mi alrededor; ya fuese a nivel familiar como en mi entorno, como la escuela, ya que una compañera estaba presente en el momento en el que matan a Guillem Agulló. Esto es lo que a mí me sacude con 14 años, cuando me estoy formando como persona y estoy empezando a tener inquietudes políticas. 

Es una época en la que también empezamos a salir por la ciudad y los que teníamos ciertas pintas o ciertas inquietudes teníamos que tener en cuenta que los nazis salían de caza, y no pocas veces a los sitios que frecuentábamos. Es obvio que toda nuestra generación está marcada por este miedo incluso en casos en los que no había una ideología o una estética clara. Tan solo bastaba una mirada para que estos te dieran una paliza. 

¿Ha evolucionado su percepción del problema desde entonces?

Claro. Primero hay una preocupación que tiene que ver con el entorno, donde sufríamos esa escalada violenta de la extrema derecha. Eso te marca. Luego, cuando empiezas a conocer el fenómeno y a investigarlo, te das cuenta de la magnitud del asunto. Algunos lo viven al margen, aunque tomando sus precauciones. Otros lo combatieron directamente. Y otros, lo investigan. Yo, con las inquietudes periodísticas que tuve desde bien joven, me impliqué en esta parte de investigación.

El antifascismo ha formado parte de mi trabajo periodístico porque yo investigo a la extrema derecha, entonces me interesa también saber cómo se la confronta. En el libro, lo que hago es contar tres historias: cómo evoluciona la extrema derecha desde la muerte de Franco, cómo se organiza el antifascismo para hacerle frente en unos años en los que era muy violenta y, finalmente, de dónde viene esa gente que lucha. Y esta es la historia paralela que cuento en el libro, la de muchos movimientos sociales que de una u otra manera atraviesan el antifascismo desde el principio: el movimiento okupa, grupos de barrio, el periodismo…

Antes de seguir, le hago una pregunta que usted mismo hace en el capítulo 17: ¿qué es el antifascismo?

Cada persona que de alguna forma ha participado de la lucha contra la extrema derecha, tiene su propia definición de antifascismo o sus propios motivos por los cuales se considera a sí misma antifascista. No se puede hacer una única definición igual que no se puede contar un solo relato sobre el antifascismo. Cada cual lo ha vivido y lo ha interpretado desde muy diferentes posiciones. Y esa es su virtud: que es una especie de consenso entre individuos y colectivos que entienden que la extrema derecha es un riesgo para su seguridad, para su libertad, para la propia democracia o para los derechos humanos. Y cada uno interpreta la amenaza desde su posición.

Como periodista, entiendo que una ofensiva contra los derechos humanos como la que estamos viviendo requiere de un compromiso antifascista a nivel periodístico. Eso significa no comprar los marcos de la  ultraderecha y no jugar en su terreno para hacer nuestro trabajo. Cuando se trate de la ultraderecha hay que tener determinadas cosas claras para no servirles de altavoz. Y esta es la posición antifascista desde el periodismo que algunos hemos asumido.

El antifascismo tiene tantas voces y es tan plural por la diversidad de la gente que se enfrenta a la extrema derecha desde diferentes ámbitos y contextos, y yo no soy nadie para dar una definición porque entiendo que cada uno lo interpreta desde un punto de vista diferente. Sí hay un sentido común que es luchar contra ese odio que promueven, y eso es lo que nos mueve.

En ese mismo capítulo asegura que los diferentes grupos antifascistas, generalmente, han estado poco organizados entre sí, e incluso distanciados debido a las discrepancias a pesar de contar con un enemigo común. En 2022, ¿se puede hablar de un movimiento antifascista?

Yo siempre he pensado que hay diferentes movimientos o posiciones antifascistas; algunas veces entre ellas hay desacuerdo, ya sea a nivel estratégico o incluso de definición de hasta dónde llega el fascismo o la amenaza de la extrema derecha. “¿Qué es el antifascismo?” no es una pregunta que me haya hecho yo únicamente, sino todas las personas que nos hemos implicado de alguna manera en este sentir. Y es una pregunta que nos seguimos haciendo: ¿hasta dónde alcanza el antifascismo?

Es tan antifascista Violeta Friedman cuando se enfrenta a Leon Degrelle como Xavier Vinader cuando destapa las cloacas y el terrorismo de Estado o como el colectivo de barrio que hace trabajo comunitario contra los desahucios o contra el discurso de odio. La definición del antifascismo está subordinada al contexto.

El antifascismo, por definición, es una respuesta al fascismo. De hecho, la mayor parte de las historias que recoge en el libro tienen como origen una agresión por parte de la extrema derecha. En sus años de trabajo, ¿qué ataques son los que más le han marcado? ¿Y qué respuestas pondría en valor?

En el libro explico que a mí me marca mucho el caso de Guillem Agulló; primero, por cercanía, por mi entorno, mi edad… Y, luego, por la respuesta de amigos y familia, que ha sido muy paciente y muy constante. Durante los más de 20 años que han pasado desde el crimen, no se les ha olvidado ni un año, y se ha peleado a pesar del ninguneo y la criminalización hacia la víctima. Es más, los ultraderechistas en València lo recuerdan siempre en sus actos reivindicando el crimen e insultando a su familia y amigos. Ni las instituciones ni los medios de comunicación han estado a la altura y, sin embargo, hoy día tenemos una calle en Valencia dedicada a Guillem, hay un premio de lucha contra el odio de las Cortes Valencianas que lleva su nombre…

Esto, para mí, es un ejemplo, y yo creo que para toda la sociedad valenciana. Obviamente, hay otros casos, otros crímenes, como el de Lucrecia, o el de Carlos Palomino, que era una persona muy joven y donde es muy interesante ver cómo se articula la respuesta a través del dolor y que se recicla luego a través de la militancia a pesar del clima tan hostil que había entonces contra el antifascismo. Eso, para mí, también es ejemplar.

Pero, también, por supuesto, cómo se recicla todo este dolor en otros contextos, como, por ejemplo, en el caso de Sonia. El colectivo LGTBI se pone delante para luchar contra la violencia neonazi. O cómo el antirracismo responde ante las cacerías nazis, cómo jóvenes negros en España se organizan para responder a esta violencia tan bestia a principios de los 90. Son ejemplos, algunos más conocidos que otros, que a mí me parecen muy interesantes.

¿Por qué cree que la lucha antifascista ha sido demonizada por parte de determinados sectores de la opinión pública que, a su vez, han blanqueado a la ultraderecha?

Criminalizar el antifascismo ha sido una forma de negar de manera sistemática que hubiese un problema con la extrema derecha. Es una manera de presentar a la ultraderecha como un problema más de orden público que político. Cuando se minimiza y se reduce a una cuestión casi que de moda urbana, esto te exime de tomar medidas que no sean del tipo securitario.

A lo largo del libro se expone a una extrema derecha que no es violenta pero que, sin embargo, sí que difunde odio y ejerce de combustible hasta el punto de que hoy, lo que decían los nazis de los 90, se dice en sede parlamentaria a diario. Pero las instituciones, en muchas ocasiones, lo han obviado, e incluso han vivido en connivencia con ella. Por eso, mucha gente dejó de confiar en las instituciones y se tuvo que organizar para plantar cara a una amenaza real para su seguridad y para su vida.

Cuando la extrema derecha empieza a institucionalizarse, lo que antes se percibía como un enfrentamiento ‘entre radicales’ o un peligro solo para determinados colectivos, se convierte en un problema para la sociedad, en una amenaza real para el resto que hasta entonces había permanecido al margen, y que ni siquiera reconocía que existiese esa ultraderecha.

Habla de una extrema derecha más violenta en los 90 y ahora de una ultraderecha institucionalizada. Por lo tanto, si cambia la extrema derecha,si cambia el fascismo, debe cambiar también el antifascismo.

Sin duda. El antifascismo se organizó a principios de los 90 para proteger la vida y la integridad de unas personas que estaban siendo atacadas. Cuando la extrema derecha se institucionaliza y se viste de demócrata, se requieren de otras estrategias para pararla. Aquí podríamos poner como ejemplo la luchas de colectivos sociales a nivel municipal o los intentos de desvelar y retratar los discursos de odio.

Miquel Ramos. CAPITÁN SWING

Cuando la extrema derecha trata de dar una cara amable y solidaria, ahí se requiere de un trabajo no tanto de confrontación, sino de contrapeso a nivel social y cultural. Aquí, los movimientos sociales toman partido tratando de vacunar en los barrios o formar frentes amplios que sirvan de freno a discursos racistas o a determinadas campañas de la extrema derecha. Porque el antifascismo es parte de la historia de los movimientos sociales. Y es aquí donde se empiezan a tejer nuevas alianzas que van más allá de la protesta en la calle y que incluye también disputar el relato sobre la precariedad, sobre la inseguridad… que son temas donde la extrema derecha se siente cómoda.

Al antifascismo y a determinados partidos políticos se les puede hacer críticas respecto de las estrategias utilizadas. Pero, ¿considera que es justo decir que el antifascismo ha errado en sus formas de intentar frenar a la ultraderecha en los últimos años? 

No, yo no creo que el antifascismo haya errado en su estrategia. El problema es de la gente que no ha considerado que el antifascismo era algo por lo que debían implicarse. Es decir, ha fallado la sociedad dejando solos a un grupo de chavales con la bandera del antifascismo enfrentándose incluso con su cuerpo y con su vida a una amenaza que era tan real como que hoy día forma parte del panorama político a nivel global.

El fallo no ha sido de los antifascistas. Ellos han visto el problema siempre y lo confrontaron dejándose la piel. La pregunta es dónde estaban los demás. Es fácil echarle la culpa al antifascismo diciendo que lo han hecho mal, pero, ¿dónde estábais vosotros? Esa es la pregunta que hay que hacerse. ¿Dónde se ha estado cuando atacaban a los migrantes en los barrios obreros o al colectivo LGTBI o las feministas? Los antifascistas sí estaban en esos sitios, confrontando, pero, ¿dónde estaba la mayoría?

La historia del antifascismo español, ¿se cuenta desde la victoria o desde la derrota?

Yo creo que no hay un veredicto. Sería muy atrevido por mi parte hacerlo. Yo no recojo toda la historia del antifascismo en el libro sino que recojo varias historias y experiencias y narro unos hechos. Las conclusiones las tiene que hacer el lector.

En cada contexto se ejecutaron diferentes estrategias; algunas funcionaron bien y otras no tanto, pero lo que sí que hay en común es una voluntad y una conciencia muy temprana del problema. Yo creo que lo que se cuenta, en la mayoría de las ocasiones, sirvió para frenar la violencia de la extrema derecha de diferentes maneras.

Además, el periodismo y el relato desde el periodismo atraviesa todo el libro. Y ahí apelo al gremio, que ha sido importante a la hora de retratar al antifascismo de una forma u otra. Por eso no solo es importante ver qué papel han jugado no solo los colectivos antifas, sino también qué han hecho mientras las instituciones, los medios de comunicación, etcétera.

El último capítulo está dedicado a ese otro periodismo, el que usted mismo practica. ¿Cree que alguna vez esto impregnará a los grandes medios de comunicación de masas? 

En general, ha habido muy pocos medios y periodistas que hayan interpretado el fenómeno más allá de los sucesos. Por eso, el libro es también un homenaje a periodistas que en algún momento u otro hicieron un buen trabajo de investigación sobre la extrema derecha y también se arriesgaron.

Destaco también el papel de los medios independientes, desde los primeros en los que yo participé –L’Avanç, Diagonal, Directa, Ràdio Klara…– hasta los que han venido después, como La Marea. Estos medios han demostrado que se puede hacer un periodismo que defiende los derechos humanos, llámalo antifascista si quieres, y absolutamente profesional, riguroso y de calidad. Hoy día, ese periodismo ha abierto un melón y ha demostrado que es posible hacer las cosas de otra forma.

También hay periodistas en medios convencionales que esto lo han tenido claro desde siempre, y sería injusto obviarles. Porque siguen trabajando así. Incluso desde una posición o un medio más conservador. Pero de manera honesta. 

Yo sí creo que cada vez hay más consenso en el gremio de que la extrema derecha va contra todo, y que aunque tú seas de un grupo mediático que no es marcadamente hostil a la extrema derecha, te puedes ver señalado igualmente, como hemos visto estos últimos años.  Lo que sí es verdad es que, lamentablemente, la subordinación de los medios al espectáculo o al clickbait sirve a la extrema derecha, que es muy hábil utilizando a los medios para ser noticia y ser el centro de atención de una manera constante. 

En su trabajo, en muchas ocasiones, pone el foco y es muy crítico con la posición que ocupan las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y las Fuerzas Armadas. ¿Qué papel juegan?

El problema que tenemos no es solo con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y las Fuerzas Armadas, sino con el propio Estado. Tendríamos que remontarnos hasta la transición para entender cómo no ha habido una cultura antifascista en el Estado y se ha tratado de enterrar en el imaginario colectivo al fascismo como si este se hubiese terminado con la muerte de Franco. Y todos sabemos que esto no es así porque, si no, no estaríamos sacando todavía cuerpos de las cunetas. A pesar de muchos. O no estaríamos exigiendo que se juzgase a personas como Martín Villa, pidiendo que se le retiren honores a Billy El Niño o las calles a la División Azul.

El problema con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y con las Fuerzas Armadas es que existe una especie de pacto no escrito para los principales partidos para no meterse en sus asuntos. No quieren tocar a las FAS ni a las FCSE; mi impresión es que se les tiene miedo todavía y por eso se permiten determinados comportamientos. 

Pero no es normal que en 2022 haya policías de uniforme desayunando debajo de un retrato de Franco y no pase nada. O que se hable de fusilar a media España en un chat de militares y no pase nada. El problema, principalmente, es que los policías o los militares que denuncian esto, se tienen que esconder. Y esto, en un Estado democrático, no es normal o no debería ser normal. Pero esto pasa. Hay una impunidad de los elementos reaccionarios dentro de estos cuerpos. Y aquí, quienes pueden hacer y no hacen, es decir, los sucesivos gobiernos, son los únicos responsables. 

A esto se le suman las operaciones policiales que cuento en el libro contra el antifascismo, y las diferencias de trato con los grupos o activistas neonazis. Son hechos objetivos que quedan bien retratados en el libro.

En los 40, Woody Guthrie escribió en su guitarra la frase “This machine kills fascist”. ¿Qué papel juega la música en el antifascismo en España?

La música, como elemento cultural, es transmisor de ideología. Y esa cultura antifascista ha estado presente en la música a lo largo del tiempo, desde los cantautores de los 70. Es muy importante esa banda sonora que ha acompañado a todas las luchas sociales, no solo al antifascismo, y que es un elemento cultural importantísimo. 

Lo es por muchos motivos pero también porque los propios artistas se han visto en la diana de la extrema derecha y de esa forma los han incluido en la lucha. Han sufrido boicots, campañas de criminalización, atentados… Es de agradecer que los artistas se hayan comprometido en esta y otras luchas, porque de esta manera se crea conciencia y se crea hegemonía. Mucha gente joven se politiza atraída por la música, y eso es importantísimo. Por eso hoy la extrema derecha ha invertido muchísimo esfuerzo y dinero en una contracultura reaccionaria, sobre todo en redes sociales. 

Como usted mismo reconoce, la mayor parte de los episodios y conflictos relatados en el libro suceden en las grandes ciudades. ¿Qué hay del mundo rural?

El mundo rural o los pueblos pequeños han sido lo que me ha faltado retratar en el libro. Es algo diferente porque los fenómenos más violentos de la extrema derecha se desarrollan en grandes ciudades donde el anonimato es posible. Eso, en los pueblos, donde todo el mundo se conoce, es más complicado. Por lo tanto, esa violencia de la extrema derecha se ha ejecutado, en términos generales, en grandes ciudades.

Pero sí que ha habido algunos casos que yo recojo, como en Salt, en Girona, pero también otros. Hay experiencias muy interesantes, pero es evidente que también, por una cuestión de capacidad, he llegado hasta donde he podido. Soy consciente de que hay territorios del Estado español que no aparecen en el libro, bien porque no he encontrado a gente o bien porque he tenido que acotar para que el trabajo no sea todavía más grande. Y eso es algo que queda pendiente. 

Pero yo en el libro lo digo: esta no es la historia oficial de nada. Son historias que yo he puesto a disposición del lector. Se podrían escribir 10 libros más con historias diferentes llegando a donde yo no he podido llegar. Y claro que en el mundo rural hay pequeñas plazas donde también se ha librado esta batalla. 

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