Foreign Policy

¿Me estás contando historias?

Pruebas con bombas atómicas realizadas por los Estados Unidos en el atolón Bikini, en el verano de 1946, preámbulo de la Guerra Fría. U.S. Navy

«La historia está cambiando”. Así se defendía Daniel Costelle de las críticas a su última serie documental, Apocalipsis: la Guerra Fría, emitida en España por el canal National Geographic y acusada de tendenciosa y poco pegada a la realidad histórica. En una airadísima discusión en la radio francesa con el historiador Pierre Grosser, especialista en ese periodo y docente del instituto Sciences Po, Costelle defendió a gritos su postura: la Guerra Fría se produjo exclusivamente por el afán de la URSS de dominar el mundo. Y punto. La serie se desentiende de todas las acciones militares estadounidenses en América Latina y de los movimientos de descolonización que marcaron la segunda mitad del siglo XX. “Nunca ha existido eso que se ha llamado imperialismo americano”, bramaba Costelle en los micrófonos de France Culture, amenazando con llevar a los tribunales a quien pusiera en duda la imparcialidad de sus documentales.

No le falta razón al creador de Apocalipsis cuando habla de la mutabilidad de la historia. Los hechos históricos son incontrovertibles pero están abiertos a continuas reevaluaciones e interpretaciones. Y este revisionismo vive hoy una época dorada gracias a la televisión, la radio y a un nuevo y exitoso modelo de programas a la carta: los podcasts. No importa la plataforma elegida; entre los más escuchados siempre hay cinco o seis dedicados a la historia. Y lo cierto es que como producto radiofónico son muy entretenidos, ¿pero podemos estar seguros de su objetividad? A simple vista, la mayoría parecen estar fuertemente ideologizados, la historia militar se impone a la social y destaca la casi total ausencia de mujeres, tanto entre sus artífices como entre los temas que tratan. Pero hay excepciones.

“Tradicionalmente, en la difusión y la divulgación de estos temas ha predominado siempre la historia político-militar. Eso supone ya un sesgo, porque obvia a las personas para centrarse en el tipo de armamento, las estrategias, el talento de los generales… No es que la historiografía mayoritaria sea así, pero sí lo es la que predomina en las revistas y en los programas de entretenimiento”, explica Arkaitz, conocido con el pseudónimo de Profesor Arkadio, todo un veterano de las radios libres con su programa La linterna de Diógenes. “Si nos centramos en la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, vemos que se han hecho muchísimos documentales sobre el tipo de tanque que tenían los alemanes o los rusos, pero se habla poco de los condicionantes sociales, ideológicos o políticos que llevaron a esa contienda o de los que impulsaron a las resistencias populares partisanas. Eso no significa necesariamente que quienes hacen estos programas sean conservadores de carnet, por así decir, pero sí atraen a un público concreto a la vez que moldean un tipo de pensamiento”.

Empeñado en ofrecer una visión más amplia de la historia, la ciencia, la antropología y la filosofía, Arkaitz ha convertido su programa en una especie de academia antifa. “¡Está bien eso!”, celebra con risas. “Pero lo cierto es que Diógenes era todo lo contrario a lo que entenderíamos por academia. De hecho, era el gran enemigo de Platón. Pero sí, por ahí van los tiros. Yo, y el programa también, procedemos de movimientos de base asamblearios, de los centros sociales, de los gaztetxeak, y la idea fue siempre esa: sacar la Academia a la calle. Y eso a los académicos de verdad les encanta”. Si hay algo que destaca en La linterna de Diógenes es el nivel de sus invitados. “Lo normal en otros podcasts es que entrevisten a algún escritor o escritora que ha sacado un libro sobre algún tema histórico. Yo pregunto a académicos, a catedráticos, a gente que se la juega si dice cosas que no son ciertas. No son escritores tratando de decir frases grandilocuentes para vender más. Además, los verdaderos académicos tienen muchas dificultades para salir en los medios. Normalmente los llaman de las radios para hablar cinco minutos y dar un titular. Cuando les digo que vamos a hablar media hora larga sobre su especialidad se sorprenden”.

Épica, conquistas, nacionalismo

Si Costelle, feroz anticomunista, observa la historia del siglo XX desde su particular prisma, en los podcasts que se hacen hoy en España hay temas que se repiten una y otra vez con ánimo reparativo y un indisimulado carácter épico: el Cid, la Reconquista, la Armada Invencible, Gibraltar, la Leyenda Negra… “Y hay otro tema que les obsesiona: la conquista de América”, añade Arkaitz. “No llegan al punto de negar las masacres pero las disculpan diciendo que los ingleses también las hicieron”. El conductor de La linterna de Diógenes hace hincapié en que “no podemos hablar de una conspiración por cambiar la historia pero sí del afán por construir un relato”. Al cabo de varias décadas, ese relato termina por cristalizar en el imaginario colectivo. “A mí de niño me encantaba la Edad Media y me imaginaba al caballero andante con su espada y su corcel enfrentándose a los malos. Luego, cuando leí un poco, supe que aquellos caballeros eran los que iban atosigando a los campesinos para que entregasen el diezmo. En realidad eran unos macarras, unos mercenarios. Con sus rituales, sus juramentos y su parafernalia, vale, pero eran el brazo armado de los señores feudales. Sin embargo, el relato que ha quedado es bien diferente”.

Lo sorprendente es que ese relato idealizado surja voluntariamente de los podcasts independientes; en las radios comerciales, según Arkaitz, sería lo normal: “Los grandes conglomerados mediáticos parten de un sesgo de clase muy fuerte. Están muy alineados con el mundo empresarial. ¿Cómo van a tratar, por ejemplo, los procesos de colonización de los siglos XVIII y XIX? Pues siempre los van a ver como una etapa de civilización, de progreso científico-técnico, de grandes avances en las redes comerciales… Y luego, en el plano doméstico, cantarán las grandes conquistas, las grandes gestas patrióticas”. Y aquí es donde entra en escena la glorificación de la historia expansionista, “dando por hecho que si la Corona disponía de un amplio territorio en América, eso suponía no solo un orgullo y un prestigio para los españoles sino que también nos beneficiaba a todos, cuando lo cierto es que sólo se beneficiaban unas pequeñas élites. El equivalente hoy sería hablar de ‘nuestras empresas’. Yo no sé en qué me beneficia a mí que Repsol tenga intereses en Argentina, pero ese es un relato que, a fuerza de escucharlo, se ha convertido en algo de sentido común para mucha gente”.

Hay otras preguntas de sentido común que rara vez tienen cabida en estos podcasts. Arkaitz enumera algunas: “¿Por qué razón tiene que atacar un país a otro? ¿Por qué deben morir 30.000, 100.000, 2 millones de personas? La Primera Guerra Mundial, según este tipo de podcasts, son las batallas y las trincheras y no la insensatez de los Estados que la provocaron ni la memoria de los jóvenes que estaban en esas trincheras. Esos chavales, que veían que aquello no tenía ningún sentido, estaban luchando por 30 metros en un descampado que no valía absolutamente para nada. Se le da mucha importancia a la historia militar, que es la historia de los ejércitos, y por eso mismo siempre va a estar marcada por su aspecto jerárquico, conservador, de defensa del territorio y por la hegemonía cultural del nacionalismo”.

Guía para un correcto uso de la historia

¿Cómo tratar, pues, un tema tan controvertido y maleable como la historia? ¿Cómo sería el programa ideal? Miguel Ángel Coleto, director de Documentos RNE, nos da algunas sugerencias: “El programa ideal debe basarse en un contenido riguroso desde el punto de vista documental y en el que se elijan muy bien las entrevistas y los testimonios de archivo. Las entrevistas deben ser a verdaderos especialistas y si se hacen recreaciones con actores deben ser fieles a los textos. Y para finalizar, hay que cuidar el acabado formal, las ambientaciones, las sugerencias a partir de espacios sonoros. Nosotros en Documentos RNE no damos una clase de historia, estamos haciendo un programa de radio y tiene que ser atractivo”.

Aunque Coleto insista en que no dan “una clase de historia”, lo cierto es que su programa se usa a menudo como material didáctico en institutos y universidades. “Los programas que intentamos hacer fijan un contenido y eso, en la práctica, acaba siendo un legado. Los temas están vivos, evidentemente, y pueden aparecer nuevas investigaciones, pero hay programas que están más cerrados, más encapsulados, y que pueden convertirse en una referencia”, dice con orgullo. La web de RTVE tiene colgadas las dos décadas de emisiones de Documentos RNE, lo que supone un tesoro para los amantes de la historia y todo un ejemplo de servicio público. Y lo público, precisamente, es un concepto que su director siempre tiene en mente para marcar diferencias: “La interferencia política en los grupos editoriales es enorme y la utilización forzada de la historia es evidente. Construir, reconstruir o pseudoconstruir la historia siempre ha sido algo muy atractivo para muchísima gente. Y estos grupos son empresas sustentadas por un capital que, evidentemente, busca sus propios intereses”.

En 2012 Documentos RNE recibió el premio Ondas al mejor tratamiento informativo por el programa Santiago Carrillo: del puño cerrado a la mano tendida. “Sabemos que tratamos temas polémicos pero pretendemos que el producto sea irreprochable, que tenga el menor sesgo posible. En otros medios hay un sesgo tan evidente, una intencionalidad tan clara, que creo que a nosotros, como radio pública, se nos brinda el espacio de la ecuanimidad. No siempre lo conseguimos pero desde luego lo intentamos”. ¿Y los gobiernos? ¿No influyen en la radio pública? “Tengo que ser absolutamente sincero: en 20 años de programa y con gobiernos de diferente signo político, nunca he recibido ninguna presión para que se trate un tema determinado. Siempre nos han respetado”, asegura Coleto.

Hay otra diferencia evidente entre las radios públicas y las privadas: el tiempo y los medios. “El tiempo que el guionista de un episodio le dedica solo a la documentación puede ser, perfectamente, de tres semanas —explica Coleto—. Eso incluye leer varios libros, buscar referencias, acudir a los archivos, los de fuera y los de la propia casa, hacer entrevistas…”. Y eso es solo el principio. En la propia elaboración del guion se tarda semana y media. Luego viene el montaje, “que va al milímetro. La calidad de la edición es altísima, así que en el estudio el programa puede estar fácilmente otras dos semanas. Estamos hablando, como poco, de un mes y medio de trabajo para cada episodio [de 55 minutos, aproximadamente]. Esto explica por qué la radio privada no tiene un producto de este tipo”.

De hecho, no lo tienen tampoco otras radios públicas europeas. En France Inter, Jean Lebrun presenta diariamente La marche de l’histoire, un programa de entrevistas de media hora con especialistas en el tema a tratar. En BBC Radio 4, Melvyn Bragg modera cada semana In Our Time, una mesa redonda con autoridades académicas que componen, durante 45 minutos, el retrato de una época, de un acontecimiento o personaje histórico, literario, científico… Los dos son buenos productos. El programa inglés, además, es un caso de éxito, ya que lleva en antena desde 1998 y reúne cada semana a 2 millones de oyentes. Pero ninguno de ellos tiene el nivel de complejidad técnica de Documentos RNE. Por su estructura, sus secuencias, su elenco de personajes, sus ambientaciones, su música, Coleto usa el adjetivo “cinematográfico” para hablar de su programa. Los otros son gente hablando en un estudio, un patrón sencillo y barato que han copiado la mayoría de podcasts.

Que no te den gato por liebre

¿Gente hablando? Nieves Concostrina afina más la descripción para el caso español: “Un puñado de machirulos blanqueando la historia”, dice sin cortarse un pelo. “Y no lo hacen solo desde los podcasts. También YouTube está lleno de cacerolos”.

Concostrina presenta el espacio Acontece, que no es poco en La Ventana, de la Cadena SER, y es de las pocas mujeres que hacen divulgación histórica en España. Antes de sus intervenciones el programa deja claro que se trata de “un relato personal de la historia”. Con un lenguaje llano y mucho humor, va soltando sus píldoras historiográficas con el afán de entretener y de despertar el interés de la audiencia por una disciplina que siempre nos han enseñado “como la mierda”, según sus propias palabras. “Todo lo que yo cuento está sacado del trabajo de historiadores muy serios, pero intento que sea algo divertido y atractivo para el oyente. Y que me entienda todo el mundo, desde el catedrático al tendero, pasando por el niño de 12 años o por mi madre. Lo digo siempre: yo no soy historiadora. Yo soy periodista y aplico mi oficio a contar la historia. Lo que quiero es que la gente, si está interesada en lo que le cuento, vaya a buscar más información. Ni siquiera estoy pidiendo que me crean. No quiero convencer a nadie”.

Lo que le inquieta (y le enfada, claramente) es que crean lo que se cuenta, de forma casi mayoritaria, en otros pod-casts que manipulan la historia con intención política. “Que se lo crean los cacerolos de Núñez de Balboa me da igual. Esos son como Fernando VII, patriotas de bandera y billetera. Lo que me preocupa es que se lo crea el carnicero de Moratalaz y que lo arrastren con ellos”. Y añade que su método para identificar a los manipuladores es facilísimo: “Cuando oigas elogios al ejército o a nuestra tradición monárquica, ahí los tienes. Cuando hablan, por ejemplo, de que María Cristina de Borbón tuvo que exiliarse, están maquillando la historia. María Cristina de Borbón fue la mayor corrupta que ha pisado este país. Subastó los muebles renacentistas del palacio, vació las arcas del Estado y fue el Parlamento el que la expulsó de España. Por ladrona. No tuvo que exiliarse, la echaron”.

Concostrina, por su enfoque y su forma de contar la historia, recibe continuos ataques de sus colegas. Todos hombres, por supuesto. “¡Madre mía! ¡La que me cayó cuando dije que ojalá se hubiera quedado José Bonaparte!”. La utilización que los afectos a las Fuerzas Armadas han hecho del 2 de mayo y la resistencia contra los franceses también le saca de quicio: “El 2 de mayo es una patochada, un invento. Murieron cuatro pringados. ¿Y dónde estaba el glorioso ejército español cuando ocurrió la invasión? Pues acuartelado y con órdenes de no intervenir. Por eso cuando veo al ejército desfilar el 2 de mayo por Madrid me parece una sinvergonzonería y lo digo, no me da miedo”.

Brava y deslenguada, la periodista no se arredra ante las críticas, que suelen incidir en su supuesto antipatriotismo. “Mentira. A lo mejor soy más patriota que ellos, porque conozco la historia de España y sé de lo que hablo”. En el momento de atender a La Marea está trabajando en un guion sobre la bandera rojigualda que promete soliviantar a más de uno. “Mi pluma es gamberra desde siempre. Es mi estilo de contar las cosas. Los que defienden la bandera de España con tanta pasión lo hacen por el negocio. Pregúntale a cualquiera de los cacerolos de dónde viene la bandera. No tienen ni idea. Un estadounidense conoce la historia de su bandera. Un francés conoce la historia de su bandera. Un argentino, lo mismo. Aquí no la conoce nadie porque es una bandera que se diseña en un despacho, no es una bandera ganada en una guerra de independencia o una revolución”. Por eso, según ella, no existe un consenso popular en torno a la enseña nacional. “Pero la derecha es listísima —añade— y sabe propagar muy bien su mensaje”. Y los podcasts de historia, a su juicio, son uno de sus muchos altavoces. “Cuentan lo que les interesa, tapando muchas cosas o retorciéndolas. Uno de los últimos disparates que corren por YouTube habla de que los españoles salvaron a los aztecas de los sacrificios humanos que hacían para sus dioses. ¿Nadie se ha parado a pensar que en ese mismo tiempo, en España, se descuartizaba públicamente a la gente y se la quemaba viva en la hoguera delante de miles de personas?”.

Termina Concostrina apelando a la educación y a la memoria: “La historia no es patrimonio de nadie. Ojalá todo el mundo supiera algo de historia. Ojalá conociéramos nuestro pasado de verdad, de forma desapasionada. Así no nos colarían tantos fakes, así sabríamos cómo nos han engañado, cómo hubo gente que intentó hacer las cosas bien y fue silenciada, cómo tuvimos grandes intelectuales que fueron expulsados… Y el hecho de saber todo eso, por mucho que digan, no te convierte en antipatriota. Al contrario”.

Divulgadoras bajo una lluvia de insultos

En un precioso artículo en The Guardian, Charlotte Higgins contaba como Mary Beard, en una conferencia a principios de los noventa, criticaba uno de sus propios trabajos sobre las vestales, el mismo, precisamente, que le sirvió unos años antes para ganarse un nombre en la comunidad académica. Nuevas investigaciones le llevaron a impugnar su labor anterior. ¿Cuántos hombres serían capaces de hacer eso en público?

Beard, profesora de Antiguedad Clásica de Cambridge, doctora honoris causa por varias universidades, autora de ensayos best-seller y premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, es, según Higgins, “un tesoro nacional”. A través de sus series y documentales en la BBC, el público, que se cuenta por millones en todo el mundo, ha descubierto que la Historia Antigua puede ser divertida. Pero su brillante carrera como investigadora y como comunicadora no la han hecho inmune a los ataques machistas. Al contrario. Tras un debate sobre el Brexit en la televisión, la lluvia de insultos que recibió en las redes superó todas las barreras imaginables. “¿Y por qué?”, se pregunta Nieves Concostrina. “¿Porque es una tía que no se preocupa por su aspecto físico? Mary Beard es una pedazo de historiadora y una extraordinaria divulgadora”. No es difícil imaginar que si se tratara de un insigne académico su despreocupación estética sería recibida como una simpática excentricidad.

Según explicaba la propia Beard, los comentarios vejatorios que recibe se deben a que “incluso en la cultura contemporánea se intenta silenciar en público la voz de las mujeres”. También a Concostrina le cae habitualmente un aluvión de calificativos machistas. “Pero yo no estoy al nivel de Mary Beard, por favor. Yo solo soy periodista”, aclara. Hablar de los Borbones o de la familia Franco, con quienes es implacable, le ha valido muchas invectivas de los trolls, pero no ha recibido “toques” de sus superiores. El único episodio de presiones lo vivió en RNE, cuando se le ocurrió decir que la historia del Santo Niño de La Guardia fue un camelo de Torquemada, que ese niño nunca existió (como ha quedado sobradamente demostrado), que la patraña se usó para ejecutar a unos judíos de esa localidad toledana y para facilitar la posterior expulsión de todos los demás por parte de los Reyes Católicos.

Para colmo, el Santo Niño ni siquiera es santo oficial. El Vaticano nunca lo ha reconocido, básicamente porque es un personaje de ficción. La indignación popular por decir semejante injuria (la verdad) llegó hasta algún político conservador que maniobró para que Concostrina se disculpara, sin conseguirlo. “Acababa de abrir mi cuenta de Instagram y la tuve que cerrar porque me empezaron a llegar unos ataques tremendos. Uno decía que a ver si me mandaban donde tenía que estar, fregando cacharros en la cafetería de RNE. Otro decía que quería que me dieran dos puñaladas de las buenas. Los más fanáticos hasta fueron pegando mi foto por el pueblo. No fue todo el pueblo, claro. Solo los que hacen ruido, que ya sabemos quienes son”.

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