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Lefebvre y la alienación turística

El trabajo de Lefebvre sobre la ciudad, que cubre un periodo y una parte relativamente reducida de su extensa obra, es utilizado actualmente de manera extensiva y presenta signos de sobre-explotación. El hecho de que autores con una intachable trayectoria de críticos radicales, como Andy Merrifield, que tienen a Lefebvre como principal referencia, hayan acabado por rechazar por viciadas nociones tan significativas del filósofo como la del derecho a la ciudad dice mucho de esta situación. Sus trabajos se han vuelto abrevadero común de discursos universitarios radicales (con todo el sentido), arquitectos liberales, instituciones supranacionales y filántropos posmodernos. A pesar de todo, Lefebvre sigue siendo el principal filósofo crítico (marxista) sobre el espacio social, cuyos trabajos son todavía indispensables a la hora de analizar esta cuestión. Uno de los aspectos que parece haber pasado desapercibido en su obra, que cobra hoy un sentido y una dimensión mucho mayor que la que tenía cuando escribió los comentarios originales, es el de los efectos del turismo cultural sobre los centros históricos. En síntesis, el turismo podría suponer para Lefebvre la máxima expresión de la alienación espacial en la producción capitalista del espacio, suponiendo el divorcio definitivo entre la humanidad y una de sus obras más importantes, la ciudad.

La destrucción de los centros históricos

Aunque puede adquirir sentidos diversos, la idea de centralidad es clave y prácticamente la base de la forma de entender el espacio social en los trabajos de Lefebvre. El espacio humanizado se abre paso en la naturaleza a partir de la concentración de cosas en un punto, desde el cual se origina la relación entre centro y periferia. La ciudad es básicamente una concentración de recursos objetivos, intelectuales y simbólicos, que carece de sentido sin un centro. La realidad urbana no puede existir sin un ensamblaje de todo lo que surge y es producido en el espacio (Lefebvre, 1976, p. 19). Así, el centro histórico da cuenta, por un lado, del proceso histórico del surgimiento de la ciudad como obra humana por excelencia y de su posterior destrucción por la urbanización capitalista. Por otro lado, es lugar de emergencia de las contradicciones del urbanismo moderno, muestrario vivo de procesos de desplazamiento, fetichización y mercantilización.

A diferencia del producto de la urbanización capitalista, la ciudad pre-moderna sería una obra de sus habitantes, donde estos producen y modelan el espacio social en el que se desenvuelven. Esta ciudad es en gran parte una concentración de valores de uso, de consumo suntuario e improductivo a través de su monumentalidad y festividades. No es de extrañar que Andalucía o la Toscana aparezcan como ejemplos por este lado en sus escritos. Del urbanismo sensual de Al-Andalus al potlatch de las festividades barrocas, de la Semana Santa al Carnaval, centros de la vida ciudadana y la socialidad, la ciudad pre-moderna suponía un gran movilizador y redistribuidor de recursos (aún hoy podría ser así en las regiones más “atrasadas” de Europa). Lefebvre llega a afirmar que la sociedad urbana solo resulta concebible en torno a la monumentalidad. El monumento es símbolo de opresión y dominación, de poder, pero también de esplendor y significado, ya que permite el carácter transfuncional y transcultural de la ciudad, un espacio no segregado, que da lugar a ese particular conjunto de virtudes que el francés asigna a la centralidad: “saturación, desorden, posibilidad de encuentro, información, convergencia” (Lefebvre, 1972, p. 103).

La ciudad, como concentración de valores de uso, es destruida por el capitalismo industrial. Los valores de uso son subordinados al valor de cambio a través de la institución de la propiedad privada y del mercado de tierras que, inevitablemente, enlaza con la expropiación de todo lo que es comunal. Lefebvre vivió un periodo de especial declive físico y simbólico de los centros urbanos de la Europa continental, durante el siglo XX, cuando estos sectores sufren la mayor sangría de población, descapitalización dentro de estrategias especulativas, proliferación de guetos y lupanares, etcétera. La población abandonó los centros para dirigirse a los nuevos barrios periféricos, dando lugar a un espacio urbano segregado y policéntrico. De esta forma, la urbanización como proceso industrial y el espacio-mercancía como producto, fueron sustituyendo la ciudad-obra.

La turistización de las ciudades históricas, convertidas en simulacro de sí mismas, acaba por erradicar los elementos que las hicieron valiosas en un primer momento.

El valor en sí mismo no puede existir sin valor de uso. Debido a esto, los centros urbanos se dedicaron a nuevas funciones: financieras, comerciales o turísticas. Estas últimas atraerían la atención de Lefebvre en los centros históricos del Mediterráneo europeo, que tendieron desde entonces a transformarse en “producto de consumo de alta calidad para los extranjeros, turistas, gentes venidas de la periferia, suburbanos. […] Gracias a esta doble función: lugar de consumo y consumo de lugar. De este modo, los antiguos centros entran más concretamente en el cambio y el valor de cambo sin perder valor de uso en razón de los espacios ofrecidos a actividades específicas” (Lefebvre, 1969, 27-28). Este proceso histórico parece encerrar una de las principales contradicciones del desarrollo urbano capitalista, ya que “los turistas hacen desaparecer la autenticidad que buscan en el centro histórico. Venecia, con 200.000 turistas, ha dejado de ser Venecia” (Lefebvre, 1972, p. 192).

La turistización de las ciudades históricas, convertidas en simulacro de sí mismas, acaba por erradicar los elementos que las hicieron valiosas en un primer momento. No obstante, al mismo tiempo, la reestructuración turística supone un proceso clave para la supervivencia del capital. Lefebvre, en sus comentarios sobre España y Grecia, vinculaba el turismo urbano a un tipo de “neocolonización” (Lefebvre, 1976, pp. 61 y 129). En las regiones del Sur de Europa, la falta de industrialización sería sustituida por el desarrollo de un circuito no productivo de acumulación sostenido por el turismo y la urbanización. Lefebvre explica que la sobreproducción en los países industrializados del norte de Europa amenaza el funcionamiento de las economías capitalistas. La crisis se evitaría entonces a través del desplazamiento geográfico de los capitales sobrantes a los circuitos no-productivos de los países del sur. Los centros financieros del norte controlarían estos flujos de capital y turistas, generando relaciones de subordinación política y económica. En efecto, este esquema, apenas insinuado en la obra de Lefebvre, será posteriormente sistematizado y desarrollado en los trabajos de David Harvey (1982, 2004). Para Lefebvre este modelo crearía una riqueza aparente que oculta el subdesarrollo y la dependencia política, que emergería significativamente en los periodos de crisis. Este argumento es particularmente importante si pensamos en el rol del sur de Europa durante la crisis financiera de 2008 y la posterior recuperación.

Alienación urbana, apropiación y el derecho a la ciudad

Antes de abordar la cuestión del espacio social, Lefebvre tenía una extensa obra a sus espaldas ubicada dentro de lo que suele denominarse marxismo occidental, con una obra que se sumergía en la crítica de la ideología y de la alienación. Su giro hacia la problemática espacial daría lugar al surgimiento de cierta idea de alienación urbana que ocupa un lugar central en su discurso. De hecho, el filósofo francés entiende el derecho a la ciudad como una lucha para des-alienar la sociedad urbana en términos de apropiación del espacio. Asimismo, la alienación del habitante y la apropiación del espacio urbano están fuertemente vinculadas a la centralidad y la monumentalidad.

Es esta una noción marxista de alienación, que parte del proceso de producción y de cómo el objeto creado se aleja del sujeto que lo produce. En la teoría marxista, esto ha sido caracterizado como una actitud psicológica y cultural de los trabajadores hacia el producto de su trabajo y la propia actividad productiva, pero también como un contenido objetivo que cristaliza en la pauperización material de la clase trabajadora (Sánchez Vázquez, 2013, pp. 503-504). Lefebvre se desplaza desde la producción de cosas a la producción del espacio como totalidad, como producción de las relaciones sociales bajo el sistema capitalista. Si la propiedad privada de los medios de producción enajena el resultado del trabajo, la propiedad privada de la tierra aliena a los habitantes respecto de sus ciudades, de manera tanto objetiva como subjetiva.

En el lado opuesto, la apropiación implica una relación consciente del creador con su obra, en este caso los habitantes modelando y transmitiendo su carácter a la ciudad (Lefebvre, 1971, p. 210). La expansión de las instituciones capitalistas, el estado moderno, la propiedad privada y el mercado de suelo, hace implosionar esta ciudad. El producto sustituye a la obra, el hábitat hace lo propio con el habitar y la alienación se impone a expensas de la apropiación (Lefebvre, 1968, p. 20). En un escenario como este, los residentes se vuelven ajenos a la ciudad que producen y transforman, ahora de manera inconsciente por el efecto de la ideología dominante, siendo al mismo tiempo desplazados objetivamente mediante el desalojo físico y la coerción económica, de su obra por excelencia como sociedad: el centro monumental.

El nuevo habitante del centro es un turista en su propia ciudad, que de manera similar busca un espejismo de vida comunitaria que le permita disfrazarse de vecino.

Lefebvre refiere la reforma del París de Haussmann como un desalojo violento de las clases trabajadoras, desde la ciudad central hacia los nuevos barrios periféricos, mientras la arquitectura de diseño y el planeamiento dan nacimiento a una nueva vida alienada, disciplinada y consumista (Lefebvre, 1976, p. 167). En los nuevos suburbios proletarios se localiza una doble estrategia de desarraigo y desorganización de la clase trabajadora, a través de la organización de una vida cotidiana dirigida al trabajo y el consumo. Por esta razón, la reivindicación del derecho a la ciudad tendría un significado especial para las clases trabajadoras, como derecho de retorno, de arraigo y de reapropiación. En este sentido, la alienación urbana no es el extravío de un pasado idealizado, sino el bloqueo de las potencialidades actuales de apropiación (Echeverría, 2006).

Lefebvre también reconoce un proceso de repoblación del centro urbano en el París de los años setenta, en barrios previamente desinvertidos y degradados. Los nuevos residentes son profesionales de clase media escapando de los opresivos y conservadores suburbios burgueses, con suficientes recursos como para financiar la restauración de edificios deteriorados, transformando los guetos del centro de París en barrios pintorescos (Lefebvre, 1972, pp. 153-154). Este movimiento hacia el centro no supone un proceso de apropiación colectiva, sino que implica la mercantilización y la financiarización de un ejército de reserva de lugares. A través de las principales instituciones de la urbanización capitalista, se crean nuevos hábitats selectos para la burguesía progresista, segregados e igualmente alienantes. El nuevo habitante del centro es un turista en su propia ciudad, que de manera similar busca un espejismo de vida comunitaria que le permita disfrazarse de vecino. La fetichización de la mercancía es la contrapartida de la alienación del sujeto. Así, los consumidores del espacio necesitan re-imaginar el centro como un lugar mágico, lo más lejano posible de los procesos de especulación y desplazamiento y del propio rol de los visitantes o residentes como consumidores de una mercancía selecta. El centro histórico es representado como algo ajeno a las relaciones sociales que están transformándolo.

El desplazamiento de los viejos habitantes del centro histórico previo a su re-funcionalización, puede hacerse también extensivo a la burguesía bohemia, si el producto puramente turístico arroja más beneficios que la actividad residencial. Así, el sentimiento de pérdida y de lejanía hacia el espacio monumental se expande entre los ciudadanos, hasta que deja de tener sentido para nadie. La mercantilización acaba por devorar a sus hijos. “El movimiento masivo de las hordas turísticas huyendo hacia los espacios urbanos […], en los que su llegada equivale a su destrucción, es una de las mayores contradicciones del espacio en la modernidad: el espacio es consumido tanto en sentido económico como en sentido literal” (Lefebvre, 2013, p. 176).

Bibliografía

– Echeverría, B. (2006). “Lefebvre y la crítica de la modernidad”. Veredas nº 8, pp. 33-38.

– Harvey, D. (1982). Limits to Capital. New York: Verso.

― (2004). The New Imperialism. Oxford: Oxford University Press.

– Lefebvre, H. (1968). El derecho a la ciudad. Barcelona: Ediciones península.

― (1971). De lo rural a lo urbano. Barcelona: Ediciones península.
― (1972). La revolución urbana. Barcelona: Ediciones península.
― (1976). Espacio y política. El derecho a la ciudad II. Barcelona: Ediciones península.
― (2013). La producción del espacio. Madrid: Capitan Swing.

– Sánchez Vázquez, A. (2013). Filosofía de la Praxis. City of Mexico: Fondo de Cultura Económica.

 

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