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Las vírgenes negras

—Cuando estás muerta —dijo Florencia— no tenés que lavarte los dientes.
—Cuando estás muerta —agregó Felicitas— podés comer todos los caramelos que quieras.
—Cuando estás muerta no tenés que usar pijama —concluyó Faustina.
—Ahora ninguna está muerta, así que las tres a lavarse los dientes y después a la cama —les ordenó María Teresa a gritos.

Hacía solo una semana que había llegado a Berlín desde Caracas. Lo primero que le llamó la atención fue el olor omnipresente a garbanzo frito, así como esos pobres hombres embutidos en disfraces de salchicha a la salida del subte en la desangelada Alexanderplatz. Desde la ventana del taxi intuyó cómo la luz empezaba a declinar y el invierno asomaba sus garras de oscuridad y depresión en la capital alemana. En Schöneberg, el coqueto barrio donde vivía el señor Braverman, su nuevo patrón, había muchos árboles, no se sentía olor a falafel ni había cuervos escarbando en la basura como había visto desde la ventana del taxi.

—Cuando estás muerta no tenés que irte a la cama —musitaron las trillizas a la vez.
—Cuando estás muerta hace frío y tenés que taparte bien y dormir para guardar energía —dijo en voz bien alta María Teresa, siguiéndoles el juego mientras las forzaba a ponerse los pijamas.
—Esta casa está embrujada —afirmó Felicitas, observándola fijamente a los ojos.
—Ya lo sé —respondió María Teresa—, por eso me han llamado a mí, para que acabe con el embrujo—. Y las metió a las tres en sus respectivas camas.

A esta hora se entreabren los altares
de ellos salen vizcachas, ceibos, piezas de nácar
y las vírgenes negras
Kinkamanché, Ochosi y Baba Latye.

Más que de embrujo, cuando María Teresa entró por primera vez en la casa de los Braverman, la invadió una sensación de ingravidez, como si la familia estuviera flotando en una nave en el espacio. Las trillizas se desplazaban sin hacer ruido, como si apenas apoyaran los pies en aquel delicado suelo de parquet. Y el padre, una figura delgada pero elegante y cordial, le mostró la casa y le pidió que, por favor, no entrara a su estudio.

María Teresa intuía que esa ingravidez que afectaba a los Braverman era el último manotazo del duelo que seguía a una tragedia familiar. Pensaba que quizás la muerte de la señora los había sorprendido a todos con el culo al aire. Y por eso andaban así, flotando, como almas en pena. En consecuencia, para no invocar a ese recuerdo traumático escondido detrás del silencio del nuevo patrón y la locuacidad atropellada y políglota de las trillizas, María Teresa nunca preguntó qué le había pasado a la señora Braverman. Y aceptó el trabajo, aunque se olía que las traviesas trillizas habrían espantado a unas cuantas sirvientas antes que a ella.

Sus sombras rebotan despistadas
mientras intentan comulgar contra las lápidas
sus pieles oscuras y vacías preguntan
si van a casarse, a morir,
o a resucitar.

—No te sacaste los zapatos —le dijo Faustina clavando la mirada en sus Crocs.
—No-te-sa-cas-te-los-za-pa-tos —repitieron Felicitas y Florencia alargando la sentencia y acusando a María Teresa con la punta del dedo índice.

La otra regla que María Teresa siempre olvidaba desde que se había mudado a Berlín era que tenía que sacarse los zapatos adentro de la casa. Otro absurdo protocolo alemán.

Una mañana mientras limpiaba el salón descalza, sintió que algo se le hincó en la planta del pie. Era el alfiler de un pin de plástico con la cara del patrón. Como en esa foto le pareció bastante guapo, lo guardó en el bolsillo de su batón gastado. Sobre la mesita de cristal también encontró un catálogo con una serie de fotos que decía:

Juan Braverman (Córdoba, Argentina, 1975) vive y trabaja entre Buenos Aires, Estocolmo y Berlín. Los temas recurrentes en su obra son la identidad y las políticas de memoria en relación con la fama, la celebridad y sus efectos fetichistas en la subjetividad contemporánea. Entre sus obras más destacadas, Take Me As I Am (2017) consistió en una intervención en el Paseo de la fama de Hollywood, en Los Ángeles, donde descubrió ante la prensa internacional una estrella de David dorada con el nombre de Ana Frank en su interior. Esta acción fue complementaria con otra, They Didn’t Die Signing Autographs (2018), donde insertó estrellas de David doradas con los nombres de víctimas judías del Holocausto en las veredas de los edificios donde estas residieron en Berlín, parodiando con ambas intervenciones el ritual de consagración hollywoodiense a la vez que las políticas de memoria del Estado alemán. En su última exhibición, I’ll Be Your Mirror (2019), expuso treinta figuras de cera de sí mismo, a tamaño natural, que frente a sus respectivos espejos replicaban su imagen hasta el infinito luciendo una banda con la misma estrella amarilla en el brazo. Además, a la salida de la galería, el artista en persona repartió a los asistentes a la exposición pines, botones e imanes para heladera con su cara mostrando una amplia sonrisa impresa en ellos.

A María Teresa todo eso le sonaba a palabrería vacía. Al igual que lo que murmuraba esa gente sofisticada que se paseaba del estudio del patrón a la cocina, chismorreando sobre sus amigos y conocidos llamándolos por el nombre y el apellido. Como Ursula, la galerista del patrón. Era una mujer delgada, alta y con un corte de pelo simétrico que siempre la interrumpía para pedirle gin-tonics con mandarina o minihamburguesas de carne de canguro. Era evidente que si el patrón se había dejado rodear por esta gente tan superficial, el alma se le había licuado y evaporado. Ella le ayudaría a recuperarla.

Ayer conocí el nombre secreto de sus sombras
eran púrpuras e insensibles
y teñían todo a su paso
la sangre
la sangre trémula de
Kinkamanché, Ochosi y Baba Latye.

Un día que el patrón se fue temprano de viaje a Estocolmo para organizar una próxima exposición y las trillizas estaban en la escuela, espoleada por la curiosidad, María Teresa entreabrió la puerta del estudio de Juan Braverman. En cuanto asomó la cabeza en aquella gran sala anexada al departamento, casi la tumbó un intenso olor a cera derretida. Su cuerpo diminuto pero fibroso, con su larga trenza oscura y su piel de un tono broncíneo, embutido en un batón gastado, se multiplicó en los altos espejos que había diseminados por todo el estudio.

Frente a ella había tres figuras cubiertas por sábanas blancas. Medían poco más de un metro. María Teresa se acercó y las destapó. Eran tres muñecas de cera aún sin rostro y con muñones por brazos. Por el largo cabello rubio y los uniformes escolares, María Teresa dedujo que eran réplicas de Florencia, Felicitas y Faustina. Debido a la falta de detalles, le recordaron a las figuras de cera con que la tata Changá practicaba el vudú y atendía los deseos de venganza de las vecinas de su barrio en Caracas mientras tarareaba una ovación a las vírgenes negras.

Cruzan despistadas por las chacras
vestidas de organdí y coronas de flores de papel
como muñecas antiguas
Kinkamanché, Ochosi y Baba Latye
traen el aroma metálico a la sangre
al ritmo de las campanadas de la misa,
el galope de las brujas.

Mientras curioseaba en el estudio, María Teresa escuchó un portazo y unos chillidos en aquel idioma gutural. Las trillizas corrían por la casa. «Fang mich, wenn du kannst! Fang mich, wenn du kannst!», se gritaban entre ellas. María Teresa se apuró a cubrir de nuevo las réplicas con las sábanas. Sin embargo, ya era tarde. Las niñas ya estaban buscándola dentro del estudio. De repente, una de ellas pegó un grito de horror. Y las tres se largaron a llorar. Faustina chilló que había visto al fantasma de su madre en uno de los espejos. Que estaba embarazada de las tres. Y que se desangraba.

María Teresa las consoló. Las acompañó a la cocina y sacó una caja de helado de la heladera, aunque lo tenían prohibido durante la semana. Minutos después, con las encías manchadas de rojo y negro de la frutilla y el chocolate, las tres estallaron en carcajadas y, señalando a María Teresa con las cucharas, le gritaron «Arschgesicht! Arschgesicht!». Otra vez había caído en uno de sus simulacros dramáticos. Enojada, la sirvienta cerró la tapa de la caja de helado con violencia y las mandó a hacer la tarea. Las trillizas no le hicieron caso y empezaron a corretearse unas a otras por el departamento. Mientras planchaba las camisas del patrón, María Teresa intuyó su presencia, cuchicheando y espiándola.

—Cuando estás muerta podés comer todo el helado que quieras —susurró Felicitas.
—Cuando estás muerta no tenés que hacer los deberes ni ir a la escuela —completaron Faustina y Florencia a coro.

María Teresa las ignoró, simulando que no las veía ni las escuchaba. Pero, cuando agarró el vaporizador, roció las camisas del señor con algo que no era agua. Era de un rojo intenso. Parecía sangre.

Y hasta los gallos volaban al revés
al ver su sangre
la sangre sabia
trémula
colándose por el ventanal.

No era sangre. Era témpera rebajada con agua. Ya no las soportaba más. Metió las camisas manchadas de color granate en la lavadora, y las persiguió durante un rato por el salón y la cocina. Hasta que al final las acorraló contra la puerta del estudio y consiguió que se pusieran a hacer la tarea. Después de servirles la cena, las mandó a dormir y se fue a su cuarto.

Apenas se puso el camisón, se metió en la cama. Estaba exhausta. Dudaba si podría aguantar un tiempo más haciéndose cargo de la casa, además de imponer su autoridad sobre las trillizas por las tardes y las noches. En cuanto hundió las piernas entre las sábanas, notó que había rozado algo con el pie. Levantó las sábanas y advirtió una… una… ¡¡una mano!! María Teresa saltó de la cama con un grito de terror. Corrió a la cocina y volvió con la escoba. Levantó el edredón floreado con intención de pegarle a lo que estuviera debajo. Pero solo se encontró con una mano tallada en cera. Otra broma pesada de las trillizas.

Sabiendo que la batalla iba para largo, María Teresa abrió su costurero, sacó una aguja y fue hasta el estudio del patrón. Allí destapó una a una las tres muñecas de cera, e imitando a su tata Changá, les hizo punciones a cada una en la garganta. Y se volvió tranquila a la cama.

¿Quién sos?
le preguntaban a la yerba yaguarayí,
a las tormentas de verano
y a las nutrias recién paridas
las vírgenes negras
rompiendo los espejos y desbordando los estanques
con la venganza, allí servida.

Al día siguiente, las trillizas se despertaron con fiebre y la garganta roja. Tuvieron que quedarse en la cama durante varios días. Y lo mejor de todo era que no podían hablar.

Así que al fin María Teresa tuvo unos días de tranquilidad. Cuando el patrón volvió del viaje a Estocolmo, le agradeció por haber cuidado de las niñas en su ausencia. A modo de retribución, le preguntó si le gustaría participar en uno de sus nuevos proyectos. María Teresa se sonrojó, levantó los hombros con las manos aún enguantadas en plástico y le dijo que tenía que seguir limpiando el baño. Un rato después, mientras sacaba el sarro de la bañera con una esponja de metal, siguió masticando la propuesta del patrón. ¿Por qué le había dicho que no de esa manera tan atolondrada?

Con la luna enorme, redonda y clara
las vírgenes negras se casan con el catre
dedo a dedo
lo hacen suyo
mientras sollozan y ríen,
cómplices
crisantemos y tatú carretas.

Aquella noche, luego de palpar sobre el edredón floreado por si las trillizas le hubieran metido otra sorpresa entre las sábanas, se metió en la cama. Le dolía la palma de la mano derecha. En ella empuñaba un secreto. El alfiler se le había clavado ahí. Era el mismo alfiler de gancho que se le había hincado en la planta del pie unos días antes. Abrió la mano. Y envuelto en diminutas gotas de sangre, observó con atención el pin con la sonrisa galante de Juan Braverman. Y con la mano izquierda comenzó a subirse el camisón hasta las rodillas.

Entonces llegó su rival de escamas doradas
la anaconda, irguiéndose en la ciénaga
vio el acordeón
en la yema de los dedos
y la vergüenza en los labios
de Kinkamanché, Ochosi y Baba Latye.

Mientras con las yemas de los dedos índice y anular se acariciaba la entrepierna, María Teresa cerró los párpados. El movimiento de la mano se hizo más rítmico a medida que el placer aumentaba. Sintió que ascendía, cada vez más alto, al paso que las yemas subían y bajaban. Su alma se separaba de su cuerpo. Como María y su hijito Jesús. Fuera de sí misma, su cuerpo entero se convirtió en una sola lengua resbaladiza. Temblando de vértigo y de goce advirtió cómo Kinkamanché, Ochosi y Baba Latye se desplazaban entre las sombras de su cuarto y se acostaban junto a ella bajo el edredón floreado. Y la hurgaban entre los encajes carnosos de la eternidad. Y la acariciaban. Y la lamían. La tañían como el pistilo de un gladiolo, como a una campana. Dedo a dedo, las vírgenes negras, subían por esa masa de carne y nervios en que había mutado y, como en la calesita de su infancia en Caracas, la montaban. Y la penetraban. Y se hacían grandes adentro de ella, hasta que su piel se hinchó y en su vientre asomaron las chispas doradas. Y se hizo la luz. El milagro. Entonces María Teresa se despertó, transpirada, en medio del orgasmo. Como si fuera la evidencia de un crimen, escondió el pin con la cara del patrón en el fondo de la mesita de luz, abrazó su crucifijo de madera y se tapó de nuevo con el edredón floreado. Intentó conciliar el sueño y olvidar aquel sacrílego sueño erótico.

Al día siguiente, las trillizas ya se habían recuperado de la faringitis y volvieron a la escuela. El patrón había salido antes que ellas. Lo pasó a buscar Ursula en su coche muy temprano. Estaban trabajando en los últimos detalles de la exposición en Estocolmo. Como hacía siempre que estaba preocupada por algo, María Teresa buscó el teléfono y marcó el código internacional de Venezuela. Después de unos minutos escuchó que al otro lado del Atlántico alguien levantaba el tubo.

—Hoy cuando volvía del pueblo vi tu alma subida a un ombú —afirmó sin saludarla al otro lado de la línea la voz cansada de su tata Changá—. Sabía que me ibas a llamar.
—Anoche tuve un sueño rarísimo —confesó María Teresa angustiada.
—No te preocupes, m’hijita. Vamos a liberar un gallo negro en el monte para que tu alma se vuelva a reunir con tu cuerpo —la consoló aquella voz cansada.
—Por favor, ¿podrías liberar otro en nombre de mi nuevo patrón? —suplicó.
—No tenemos más gallos —murmuró la anciana al otro lado.
—No se preocupe, tatita, compre otro, yo le pagaré lo que haga falta —concluyó María Teresa. Y luego de despedirse, cortó.

En el momento en que colgó el teléfono, María Teresa sintió que algo le revolvía las tripas. Las náuseas la espolearon hasta el baño. Mientras observaba la extraña bilis negra que había expulsado adentro del inodoro, el teléfono sonó de nuevo. Era el patrón. La avisaba de que un imprevisto técnico había ocurrido en la galería en Estocolmo y tenía que irse de manera urgente para ayudar en el montaje de la exposición. ¿Podría ella hacerse cargo de sus hijas durante una semana?

Un rato después, mientras María Teresa se tomaba una segunda taza de té de burro para amainar lo que le hubiera provocado las náuseas, las trillizas entraron en la casa dando gritos. Cada vez que su padre las iba a buscar al colegio acompañado por Ursula se peleaban entre ellas por sentarse a su lado en el coche. Y después se recriminaban unas a otras. Cuando el patrón acabó de hacer la valija, sacó la chequera, firmó un cheque de tres cifras y se despidió de María Teresa. Las trillizas seguían gritando y peleando. Querían ir a Estocolmo con él. Antes de partir, María Teresa detectó un gesto mínimo que se le había pasado antes por alto. El patrón agarró a Ursula de la mano. Y juntos se despidieron de las trillizas prometiendo traerles regalos si se portaban bien.

Mirando el cheque, María Teresa pensó en llamar de nuevo a su tata para confirmarle que podría enviarle el dinero para comprar otro gallo negro. Pero la convulsión provocada por otra náusea interrumpió sus pensamientos. Cuando salió tambaleándose del baño, escuchó de nuevo «Fang mich, wenn du kannst! Fang mich, wenn du kannst!». Y advirtió que las trillizas andaban correteándose unas a otras adentro del estudio del patrón otra vez.

La lechuza con su pupila caliente
las observa mientras
ellas se retuercen
en el fondo de sus cestos de trenzas.

Cuando al fin consiguió que hicieran la tarea, se acabaran la cena y se fueran a dormir, María Teresa se desplazó como pudo a su cuarto. Estaba molida. Volvió a mirar el cheque. Aún no había tenido tiempo de llamar a su tata. Le enviaría el dinero, pero había cambiado de idea. No quería que liberaran otro gallo negro en el monte para el patrón. Sacó el pin con la cara de Juan Braverman del cajón y se dirigió hacia su estudio.

Kinkamanché, Ochosi y Baba Latye
afilan las cuchillas y aúllan
soltando una esencia
a clavo, azufre y miel.

Una vez en el estudio, María Teresa se desplazó entre los espejos mientras apretaba con fuerza el alfiler de gancho en la palma de su mano. Al igual que había hecho la noche anterior observó una vez más la sonrisa del patrón, que ahora no le parecía galante sino falsa, y cerró el puño. Esta vez no había sentido ningún calor en la entrepierna. Espoleada por una bronca contenida, por los celos que se le arrastraban debajo de la piel, comenzó a sacar las sábanas blancas de todas las muñecas de cera que había en el estudio. Como había leído en el catálogo que encontró días antes en la mesita de cristal del living, sabía que también habría unas cuantas muñecas de cera de Juan Braverman. Las que había usado para I’ll Be Your Mirror, su última exposición. Cuando encontrara una, le clavaría el alfiler de gancho en el corazón.

«Fang mich, wenn du kannst! Fang mich, wenn du kannst!» escuchó a las trillizas de nuevo. Dios. Era imposible conseguir que esas chinitas se durmieran de una buena vez. Vio una muñeca que no había destapado nunca y pensando que podría ser una réplica en cera del patrón, le sacó la sábana. Sin embargo, no era él. Era la imagen de una mujer pequeñita, de tez broncínea, con una larga trenza negra, descalza y con un batón gastado. Pero lo que más le llamó la atención fue que tenía el vientre abierto. Como si fuera una de esas ilustraciones de manuales de anatomía que había visto en la escuela primaria. Retorcidas entre el símil de tripas y sangre, en el vientre de la muñeca había tres bebés de cera.

Entonces María Teresa miró por primera vez su reflejo en uno de los espejos del estudio. Y salió corriendo al baño para vomitar de nuevo.

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