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La violencia y la poesia

¿Puede ser, más que los personajes, la lengua la protagonista de una novela? Quizá por eso me estaba costando comenzar esta reseña de Sin tocar el suelo, de Jokin Muñoz. Lo lógico era, y eso pretendía, empezar hablando de Luis y de Mei, los dos protagonistas de la narración, pero, en realidad, lo que caracteriza a esos dos personajes y el eje que vertebra sus historias es su relacion con la lengua, con la búsqueda en ella no tanto de una patria como de un hogar. Más bien, de una identidad.

O vayamos más lejos: la búsqueda del yo más profundo, eso que somos pero nos cuesta tanto reconocer porque nos cuesta tanto expresarlo. Y para eso sirve la poesía: para decir lo que no podemos decir, para pensar lo que no podemos pensarpara sentir nuestra manera de estar y de ser en el mundo, aunque sea dando un largo rodeo por las imágenes y los sonidos.

Por eso Mei, nieta de Luis, adoptada de origen chino, se siente tan atraída por los poemas en euskera que su abuelo guarda en el ordenador. Suenan bien, aunque no los entienda. Pero quién entiende algo en la adolescencia; ni a sí misma, mucho menos a su madre, que la agobia con su preocupación y sus expectativas.

Mei no habla lo que se supone que es su lengua original, el chino, y el español no le basta para decirse. Compone letras para el grupo en el que canta, esa es ya una aproximación a lo inexpresable. Y va a buscar su filiación, intentando, como el abuelo, «saber quién era yo antes de haber nacido», en una lengua que desconoce pero de alguna forma le pertenece. Traduce con Google traductor ya partir de ahí comienza a retocar y retocar la lengua para conseguir que diga algo que de verdad la atraviese.

«–Es hermoso. ¿Es tuyo?», le pregunta la madre, en uno de los pocos ratos de paz entre ellas, cuando Mei le enseña uno de esos poemas arrancados al euskera.

«–Ahora sí.

–¿Cómo que ahora sí?

–Ahora sí porque habla de mí».

Y ahí está lo que une a Mei con su abuelo Luis –con el joven que fue y con el anciano que es–: el deseo de encontrar en el poema el espacio hospitalario que no se encuentran en el mundo. Luis estudió Filología Hispánica, luego enseñó euskera en Iruña, luego literatura española en un instituto en Madrid. Y parecía sentirse más cerca de los poetas muertos a los que traducía al euskera que de sus amigos en Iruña y Donostia; aunque le dejasen entrar en su circulo, el estaba fuera; incluso su cercanía con Leire era irreal; por mucho que se abrazasen, habia una parte que ni siquiera rozaba.

El silencio era también el silencio de toda una sociedad, que sabía lo que estaba sucediendo –los muertos, las bombas, los tiros en la nuca– pero intentaban dejar ese conocimiento fuera de las relaciones cotidianas. Hay momentos en los que se olvidan, en los que no ven ni las dianas ni las imágenes de los telediarios, como cuando Leire y Luis hacen un viaje a los lugares de los que provienen de sus padres, y son felices bañándose donde se bañaban ellos, creando también una filiación ajena al estruendo de allí fuera. Pero se trata de un paréntesis endeble, incapaz de resistir las explosiones y la rabia.

Luis lee, enseña a sus alumnos el amor por la lengua, a encontrarse a sí mismos en cada poema. Lo que no les dice –quizá no es consciente de ello– es que resulta muy difícil vivir si solo hallas refugio verdadero en el texto, si el mundo pasa a tu lado sin que lo toques. Y cuando Luis intenta recuperar el contacto con la realidad, averiguar qué sucedió de verdad en ese lugar que habitaba como un fantasma, desencarnado, ajeno a sus conflictos, será demasiado tarde.

«Porque ninguna patria

será jamás la tuya,

porque en ningun pais

puede habitar tu corazón helado», escribió Ángel González –y lo cita Muñoz–.

Y quizás el error esté en creer que la lengua puede ser esa patria, ese hogar, ese cobijo; ojalá Mei descubra a tiempo que es solo una puerta, no un edificio, una manera no de refugiarse del mundo sino de entrar en él. Sin tocar el suelo es un libro hermosamente triste que nos muestra el consuelo pero también la insuficiencia de la lengua cuando el silencio pesa tanto como la palabra.

Sin tocar el suelo

jokin muñoz

Galaxia Gutenberg 2022

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