Foreign Policy

La supuesta ‘censura’ del mensaje provida de Francisco

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Francisco se quejó el otro día, en una carta privada dirigida a sus exalumnos, que los medios de comunicación censuraron -en el sentido, al menos, de ignorar su mensaje- sus reiteradas defensas del nonato y su oposición al aborto, y hoy aparece en el blog del vaticanista Sandro Magister, Settimo Cielo, la carta de un sobrino del antecesor de Bergoglio al frente de la Arquidiócesis de Buenos Aires, José Arturo Quarracino, en la que su autor se pregunta por qué el Santo Padre no da sus declaraciones contra el aborto misma publicidad y ‘oficialidad’ que sus otros proyectos favoritos, como la ecología o la inmigración.

En cierto sentido, esta dicotomía ha sido uno de los hilos principales del presente pontificado. No es tanto que ‘censuren’ al Papa, sino que el propio Papa elige canales -entrevistas, cartas y comunicaciones privadas- para sus declaraciones pro-vida, que en sí mismas tienen menos fuerza y ​​menor cobertura mediática que los documentos o discursos oficiales.

Sin duda brillan más, y se les da mucho más espacio en los medios de comunicación, incluido el Vaticano, a aquellos proyectos que los alían con instituciones muchas veces hostiles no solo a la Iglesia sino a la cultura cristiana en general, como en el reciente Concilio por el Capitalismo. Inclusivo.

Lo que muchos cristianos se preguntan es: qué pesa más en la opinión pública internacional, algún comentario ocasional que compare el aborto con la contratación de un sicario, o la alianza con empresas y fundaciones como Ford o Rockefeller, crucial en la campaña internacional para la reducción de la población en todo el mundo y entusiastas del aborto?

Sin duda esta alianza, al igual que los estrechos vínculos que ha forjado con la ONU y su Agenda 2030 o el Pacto Educativo, tiene un gran objetivo caritativo en el que cree que la Iglesia debe participar. Pero es obvio que cuando te relacionas con otros en grandes empresas siempre sientes la presión de no irritar a tus socios con referencias que encontrarán ingratas.

Es algo parecido a lo que ocurre con sus pactos secretos con el gobierno chino. Puede estar justificado llegar a acuerdos con la peor y más abierta tiranía anticristiana para sacarle algunas ventajas o, como parece ser el caso, para normalizar las relaciones de la Santa Sede con esa superpotencia emergente. Pero nadie advierte que esta articulación parece haber impedido a Su Santidad pronunciarse con contundencia contra la represión que ejerce Pekín sobre sus habitantes, especialmente contra las minorías étnicas y religiosas y aún más particularmente contra los fieles católicos. Todos recordamos su manera de irse por la tangente cuando le preguntaron en fuga sobre la represión de las protestas de Hong Kong, en un lenguaje y con una vaguedad marcadamente diferente al que usa para atacar sus temas favoritos.

Así, puede decir que Trump “no es cristiano” porque “construye muros” (no los ha construido), lo que no dirá de su presunto sucesor por su entusiasmo por eliminar a los niños por nacer. O de la tiranía china. O incluso el gobierno de su propia tierra, que acaba de legalizar el aborto. Sí, todos sabemos lo que piensa el Papa sobre el aborto. Pero también sabemos lo que piensa de la hermandad universal, y no rehuye repetirla en el tiempo y fuera de tiempo.

Todo esto es fundamental en una era de información incesante, en tiempo real y constante. Los fieles lo notan, en el sentido de que los ciudadanos en general perciben los mensajes no solo por la literalidad de una oración, sino por muchas otras señales, desde la insistencia hasta las ocasiones elegidas para transmitirlos, desde las citas clave hasta lo que se omite.

No creo que sea irrespetuoso con el Santo Padre al afirmar que si realmente quiere que su mensaje provida no pase desapercibido, tiene medios de sobra para lograrlo, aunque en ocasiones pierda algunos amigos.

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