Foreign Policy

La otra Ucrania (y II): lo que ahora no ‘toca’ decir

-Si los periodistas están teniendo problemas en los puntos de control es porque no conocéis las frases adecuadas. Escríbelas en tu libreta para que las puedas decir cuando te paren:

«Gloria a Ucrania».

«Gloria a los héroes».

«Ucrania por encima de todo».

«Muerte a los enemigos».

Quien habla es un importante empresario de Dnipro, corazón industrial del este ucraniano. Tiene poco más de cuarenta años, habla varios idiomas, ha viajado por Europa ya Estados Unidos –donde vende la maquinaria que produce–, desea que su país ingrese en la Unión Europea y me acaba de aconsejar que para acelerar el cruce de los controles militares que trufan su país le diga a sus guardianes frases que nacieron con el movimiento de la independencia y que se pronunciaron en los saludos oficiales de la Organización de Nacionalistas Ucranianos, liderado por Stépan Bandera, aliado de los nazis durante la II Guerra Mundial.

Probablemente no sepa que el gran divulgador de estas consignas fue quien se ha convertido en uno de los líderes reivindicados por los movimientos y partidos ultraderechistas y filonazis de su país. Pero el hecho de que los reproduzca asépticamente refleja bien cómo los crímenes cometidos por el Ejército ruso desde que comenzase la invasión el pasado 24 de febrero ha exacerbado un sentimiento nacionalista en un país en el que desde la revolución de Maidán de 2014, la posterior anexión rusa de Crimea y la revolución del Donbás, ha surgido la visibilidad de los grupos neonazis.

“El Batallón Azov no es nazi, son patriotas, son nuestras Fuerzas Especiales, como las de Estados Unidos. Pero ahí hay gente de todas las ideologías” o “El Batallón Azov fue fundado por líderes de derecha, es cierto, pero ya no tiene una ideología marcada, solo son los más aguerridos y mejores trastornos” son dos frases que me han repetido, con Distintas palabras, personas de distinto perfil en distintos lugares de Ucrania desde que comenzase la guerra.

El hecho de que Putin haya intentado justificar su invasión bajo la falacia de la “desnazificación de Ucrania” –cuando sus grandes aliados son, precisamente, los líderes internacionales de la ultraderecha– ha provocado la reacción contraria entre parte de sus víctimas, y muchos ucranianos abordarán realidades tan constatables rechazan como que el batallón Azov fue creado por líderes de ideología neonazi para combatir a los prorrusos en el Donbás. Temen que al confirmarlo están dando alas y legitimidad a uno de los múltiples y cambiantes argumentos con los que el Kremlin ha querido justificar la invasión ante su opinión pública.

“¿Grupos de ultraderecha? No sé a qué te refieres. No sé qué son”, me dice una profesional de 44 años que trabaja en una multinacional, implicada en un centro de voluntariado en Kiev, con el pelo tintado de colores y ropa moderna.

Una escultura protegida con sacos terreros junto a un teatro de Zaporiyia. PATRICIA SIMÓN.

“Ahora no toca hablar de la ultraderecha en este país. Ahora tenemos un objetivo común, que es ganar la guerra y expulsar a las tropas rusas. Y quienes antes eran nuestros enemigos ahora son nuestra esperanza. Cuando acabe la guerra, tocará trabajar para recuperar nuestros derechos porque esta invasión ha provocado un retroceso de diez o veinte años”, explica Kostya Andreev, líder de la ONG Género Z, dedicado a defender los derechos de las personas LGTBIQ+ en Zaporiyia, a 50 kilómetros del frente de combate.

Andreev ha sufrido palizas y amenazas por parte de grupos neonazis por ser gay y activista. Y ahora trabaja en un centro dedicado a dar apoyo a la población desplazada y al Ejército, en el que sabe que combaten personas que le consideran un ser inferior. Pero la agresión rusa ha sido tan despiadada y sangrienta, que Andreev ha cambiado su interpretación de lo que incluso significa ser nacionalista en un país donde esta categoría suele estar relacionada con postulados políticos más reaccionarios. “Antes, nacionalista me pareció un insulto; ahora lo interpreto como un orgullo. Yo no creo serlo, creo que soy un patriota, pero no me parece malo ser nacionalista”, me explica rodeado de cientos de cajas con comida, medicamentos y ropa donada por distintos países. “Antes creía en la Unión Europea, quería formar parte de ella. Pero ahora me ha dado cuenta de que nadie nos va a defender, de que solo nos tenemos a nosotros mismos”, explica con tanta amargura como determinación.

Pavlo Ovchynnikov, propietario de la empresa de juguetes Kiddisvit Ltd, reconoce que esta guerra le ha cambiado profundamente. «Con la guerra de 2014, dejamos poco a poco de comprarle juguetes a empresas rusas. Ahora, ya solo vendo juguetes que hablen ucraniano, no vendo ninguno que hable ruso. Y eso que yo solo hablo ruso. Pero estoy aprendiendo ucraniano”, explica rodeado de juguetes en su tienda situada en el centro de Dnipro. Tiene otras dos en Járkov que, por ahora, afirma, sigue en pie.

Ha convertido sus 800 metros cuadrados de oficinas en un refugio para más de 100 personas desplazadas, a las que atienden con la colaboración de los trabajadores de su empresa.

Una escena habitual en las gasolineras de Ucrania: familias desplazadas por la rusa invasión aprovechan para estirar las piernas mientras repostan combustible. PATRICIA SIMÓN

«De mi unidad, que éramos 25 soldados, quedamos cinco»

Dos soldados salen del hospital de Zaporiyia, en el que han permanecido hospitalizados una semana. Uno de ellos, tiene un pie enyesado y camina apoyándose en una muleta. El cráneo rapado del otro brilla por la vaselina con la que han hidratado los cortes profundos suturados con decenas de puntos. Ambos fueron heridos en Suma, donde llevaban semanas combatiendo hasta ser alcanzados por morteros de los bombardeos rusos.

“Los soldados rusos no son humanos: matan a civiles, a niños. Cuando los apresamos, se los entregamos a los Servicios secretos, no los matamos. Oficialmente”, apostilla intencionadamente el primero de ellos mientras este periodista anota sus palabras. No muestra temor a las consecuencias de que su declaración pueda aparecer publicada después de que se hicieran públicos los vídeos en los que se vieron a soldados ucranianos disparando en las piernas de sus enemigos, entre otros tratos vejatorios que podrían constituir crímenes de guerra.

El joven soldado, nacido en Mariupol, creció queriendo ser maestro, pero cuando tuvo que decidir qué profesión le podía dar de comer y mejorar su vida y la de sus seres queridos, se decantó por el Ejército. Y eso que hasta antes de la guerra, un soldado profesional cobraba unos 500 euros -ahora, recibe unos 3.000–. Pero eso era ya doscientos euros más de lo que cobra un maestro o un enfermero de medios en Ucrania.

“Estamos peor equipados que los rusos, luchamos con lo que tenemos y estamos muriendo muchos más de los que se están diciendo ocasionalmente. De mi unidad, que éramos veinticinco cuando empezó la invasión, quedamos cinco”, confiesa. Su compañero solo asiente. Lleva un chupachups engarzado a la bandera ucraniana del uniforme. Sus manos están plagadas de picadura provocadas por la metralla. Se marchan solos, a pie, rumbo al cuartel donde se recuperarán de las heridas. Sostienen que no tienen casas a las que volver, que fueron destruidas por los bombardeos rusos. Ante la pregunta de cuál será el desenlace de esta guerra, responde con el latiguillo oficial: “Ganaremos, claro”. Y sonríen con la boca, mientras sus miradas adoptan un rictus severo.

Si han hablado con tanta franqueza probablemente sea porque me acompaña un hombre que les cuenta cómo combatió en Crimea contra las tropas rusas. Lo hizo como voluntario en uno de los batallones que estaban financiados por oligarcas ucranianos y que ahora han sido integrados por el gobierno de Zelensky en el Ejército regular. Afirma que recibieron órdenes desde el Ejecutivo del entonces presidente Petró Oleksíyovich Poroshenko de retirarse de Crimea cuando podrían haber resistido más tiempo. Y que Poroshenko, uno de los hombres más ricos de Ucrania, lo hizo por sus propios intereses empresariales. En su opinión, Ucrania no tiene ninguna opción contra Rusia “porque ni la Unión Europea, ni Estados Unidos, ni la OTAN se van a meter en una III Guerra Mundial”. Desde que su batallón se salió de Crimea, no ha podido visitar su ciudad natal y espera no tener que volver a tomar las armas en esta guerra. “No voy a dejar sin padre a mis hijos para defender sus negocios”, espeta en la cara de los jóvenes soldados.

Pero aunque se cumplan las predicciones de este hombre de 45 años, que confía en que el Kremlin firme un acuerdo de paz cuando consolide su soberanía sobre el Donbás, hay algo que le atormenta más allá. “Otro problema va a ser qué va a pasar con toda esa población ucraniana que ha sido armada, que no tiene conocimientos militares, que va a estar traumatizada por las masacres y empobrecida por la devastación de la economía que ha provocado la guerra”, expone mientras me muestra el revólver que porta y su permiso para portar armas. “Lo llevo para la autodefensa y no salgo nunca sin él. Va a crecer muchísimo la criminalidad y quién sabe si no vamos a tener focos de enfrentamiento entre la propia población ucraniana”, añade, antes de premonizar: “Si Rusia nos deja a algún vivo antes, claro”.

Aleksandr Karic, de 82 años, trabajó toda su vida ilustrando el trabajo de las grandes fábricas soviéticas. Hace unas semanas, tuvo que ser evacuado de la residencia donde vivía en la región de Lugansk, fieramente bombardeada por las tropas rusas. Ahora vive refugiado en un centro habilitado en Voloske, un pequeño pueblo cerca de Dnipro. “No entiendo a quién beneficia esta guerra. Durante la época de la Unión Soviética vivíamos todos juntos, sin diferenciar de dónde era uno o el otro. Y ahora quienes eran nuestros hermanos nos están matando. No lo entiendo”, repite. Mientras él busca infructuosamente una explicación, siguen apareciendo fosas comunes con los cuerpos de personas asesinadas por las tropas rusas.

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