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La fuerza de los débiles

Quienes entendimos que el 15M abrió la puerta a una profunda reconsideración de la política en sus múltiples vertientes, estamos asistiendo actualmente, entre atónitos e incrédulos, a la enorme paradoja que representa las brasas políticas de aquellos días de plazas y rosas, Unidad Popular. , está en el Gobierno de la Nación al mismo tiempo que su presencia social es prácticamente nula. Pero no solo la presencia social, sino la capacidad de ilusión que un día tuvo Podemos ha desaparecido casi por completo y una sensación de derrota, acentuada por la irrupción de la extrema derecha, se ha apoderado de nosotros. Somos, en estos momentos, una derrota decisiva.

En su último libro, Habitar y gobernar, Amador Fernández-Savater reflexiona, desde las brasas ya casi frías de ese 15M, en el camino de concretar las promesas políticas que se convirtieron en bandera de esas ilusiones. Cómo reinventar la política, qué gestos se vuelven imprescindibles para dar vida a lo que pretendía y no fue, principalmente por nuestros propios errores. Amador repite un gesto que muchos venimos haciendo en estos tiempos, pero lo hace con una sensibilidad característica que, como bien apunta, junto a la escucha y la empatía, se convierte en “la fuerza del débil”. Porque el devenir fuerte de los débiles sólo se puede lograr a partir de la fusión de los cuerpos, de las alianzas plurales, de la complicidad de las diferencias, como nos enseñó Spinoza hace mucho tiempo.

El devenir fuerte de los débiles sólo se puede lograr a partir de la fusión de cuerpos, de alianzas plurales, de la complicidad de las diferencias, como nos enseñó Spinoza hace mucho tiempo.

Amador señala acertadamente que el 15M se construyó sobre amnesia y sobre dos memorias, a las que yo añadiría una tercera. La amnesia de los desencuentros, de los gestos que habían enajenado a militantes de distintas organizaciones de izquierda; militantes que comparten las plazas con miles de personas que no sabían, ni querían saber, de nuestras heridas históricas, porque miraban hacia el futuro. Y, ciertamente, nos sentimos enormemente aliviados con esa amnesia que nos permitió, en mi caso, abrazar a alguien que antes no saludaba. Pero esa amnesia, en mi opinión, fue excesivamente profunda y, junto con los agravios, también nos llevó a olvidar los errores, que hemos vuelto a cometer con una aplicación digna de mejor causa. Si algo se puede decir de Podemos (y Más País, y casi todo lo que surgió en esas geografías) es que envejecieron a una velocidad vertiginosa para convertirse en réplicas, me atrevería a decir que empeoraron por lo que querían cuestionar. Por otro lado, Amador reivindica una memoria abierta e inspiradora, capaz de recolectar diferentes recuerdos del pasado que nos permiten proyectar hacia el futuro un anhelo común. A lo que agregaría una memoria encarnada (y aquí no nos duele la ambigüedad entre lo cromático y lo material), que, lejos de etiquetas sectarias, recoge los gestos y hechos concretos que expresaron esos deseos compartidos.

En definitiva, el objetivo es cuestionar lo que podríamos llamar la «política de representación», entendiendo este concepto de dos formas. En primer lugar, como la re-presentación de algunas estrategias políticas del pasado que parecen inconvenientes para nuestro presente. La Revolución, porque Amador quiere, y queremos con él, seguir usando ese término, no se basa en la conquista de palacios invernales, ni pretende construir el “hombre nuevo”, ni puede ser fruto de un política vertical de líderes indiscutibles. Sin duda, construir lo diferente requiere de otras formas de subjetivación, no sometidas a los imperativos seductores del capitalismo consumista y neoliberal, sino que la subjetividad debe acompañar el proceso, construirse, en parte, con anticipación, ya que solo nuevas aspiraciones podrán sostenerse. nuevas ciudades. Dicho de otra manera, la Revolución debe haber ganado incluso antes de ser proclamada, como la defiende Gramsci a través del concepto de hegemonía. El 15M fue una victoria (más bien la imagen de una posible victoria) cuya proclamación se ha hecho en tiempos de derrota. En segundo lugar, como la construcción de nuevas formas políticas de participación directa y no delegada, en las que el sujeto político se convierte en protagonista de su propia vida. Porque de la vida, sin duda alguna, es de lo que estamos hablando.

Y así aparece otro de los problemas centrales de esa política diferente que se pretende iluminar, el del sujeto y su constitución. Un problema que existe desde tiempos inmemoriales, aunque, de manera paradójica, es posible remitirse a su propio origen para encontrar la posible solución. Porque si ahora hay (somos) muchos los que entendemos (entendemos) que el sujeto político no es un mero reflejo –representación (siempre la palabra venenosa) – de una realidad sociológica, sino algo que se construye en la lucha misma, es Es necesario señalar que, en realidad, esta concepción del sujeto es precisamente la que podemos encontrar en quien puede ser considerado como el origen de esta reflexión, Karl Marx. En efecto, hay muchos lugares donde Marx señala que es la lucha de clases la que constituye el sujeto, la clase, que, para decirlo en palabras del Comité Invisible, es la revuelta que construye a su pueblo. Marx, con su impecable lógica materialista, sabe que es necesario renunciar al lenguaje de las esencias y penetrar en el de las relaciones, sabe que no se trata de teorías, sino de prácticas. Y así, incluso con su propia práctica política, nos muestra que el sujeto -la clase, él la llama- está formado por quienes luchan, quienes producen lazos que entrelazan anhelos comunes. Lástima que cierto marxismo, buena parte de él, de hecho, insistiera en construir un Marx esencialista y sociológico, que exigía mostrar las manos llenas de grasa para entrar en el seno privilegiado de la clase, del sujeto. Ahora sabemos, como ya sabía Marx, que el sujeto es múltiple, transversal, y que se manifiesta en una práctica compartida. Como, en cambio, vimos en nuestros cuadrados. Un tema que se construye a través de la escucha, el diálogo, incluso la traducción entre lenguas que provienen de diferentes tradiciones pero que expresan malestares compartidos. Repetimos: escucha, sensibilidad, empatía como fuerza del débil. Lo suyo, más que el deseo de imponer una verdad, una mirada, es construirse como sujeto que amalgama miradas y fusiona esperanzas. Suyo es el deseo de la multitud.

Si un movimiento que quiere ser horizontal, como fue el 15-M, acaba reproduciendo, incluso extremas, formas organizativas que se consideran no sólo obsoletas, sino tóxicas, la cuestión de la organización debe colocarse en la agenda de forma urgente y prioritaria. . .

¿Pero cómo organizas un deseo? ¿Cómo dar forma a una multiplicidad? ¿Cómo gobernar lo que quiere el autogobierno? Son preguntas que nos remiten al problema de la organización. Porque una de las lecciones que sacamos de nuestro presente es, por decirlo cortésmente, la insuficiencia de la forma de partido. Algo que se reveló en 1968, hacia lo que, en nuestro país, apuntaba la constitución de Izquierda Unida, y que el curso de los acontecimientos coloca como una urgencia ineludible. Si un movimiento que quiere ser horizontal, como fue el 15M, acaba reproduciendo, incluso extremas, formas organizativas que se consideran no sólo obsoletas, sino tóxicas, la cuestión de la organización debería colocarse en la agenda de forma urgente y prioritaria, aunque sólo para señalar, por el momento, las molestias y expresar incertidumbres. Porque en este campo poco más se puede decir más allá de que no queremos lo que sabemos y no sabemos lo que queremos.

En definitiva, repensar la política, situar la teoría al nivel de determinadas prácticas, deconstruir una parte de nuestro discurso que, como diría Althusser, se ha convertido en un obstáculo epistemológico para pensar lo esencial para pensar, para hacer lo ineludible hacer. A esto se nos invita a habitar y gobernar, desde la certeza de que gobernar, en nuestro caso, sólo puede ser expresión de un habitar diferente.

Filosofía

Esto no es un partido

Dada la obsolescencia de la forma partidaria, es fundamental repensar los modelos organizativos para garantizar la eficacia política de la multitud.

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