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Inexperienced New Deal, decrecimiento y exterminismo: notas para después de Trump


El debate decrecimiento – Green New Deal

En el último lustro el ecologismo se ha visto animado por una intensa polémica ente dos enfoques aparentemente antagónicos sobre la transición ecológica que debemos enfrentar en las próximas décadas. Simplificando un panorama complejo, a un lado del debate estarían los partidarios del decrecimiento. Esto es, de una rápida y planificada reducción de la esfera material de la economía que se anticipe y ajuste al descenso del consumo energético y material que necesariamente vamos a experimentar tras haber sobrepasado los límites planetarios. Para ello, se proclama una transformación muy profunda y disruptiva de todo nuestro marco civilizatorio: imaginarios, instituciones, relaciones de producción… Enfrente, los partidarios del Green New Deal, o del Pacto Verde, defenderían la estrategia de impulsar políticas públicas ambiciosas que desarrollen reformas estructurales con dos patas: por un lado la modernización ecológica de la economía como centro de gravedad de un nuevo modelo productivo, con especial énfasis en la descarbonización energética, pero no solo (podría incluirse también la agroecología, la economía circular, el urbanismo…); por otro lado, y casi tan importante, un incremento sustancial de la distribución de riqueza (ligada por ejemplo a proyectos como la renta básica o la reducción de jornada laboral) que conllevaría, en paralelo, un aumento de la regulación política sobre las lógicas de mercado.

Esta segunda pata es esencial para comprender la propuesta del Green New Deal y diferenciarla de la caricatura que se ha querido hacer de él como una nueva marca del capitalismo verde. De hecho, sin esta importante connotación redistributiva, no se entiende que muchos autores se refieran a esta idea en inglés. Y es que Green New Deal es un término con una mala traducción al castellano, al menos en España. En Estados Unidos la propuesta de Green New Deal hace referencia a una época histórica con una fuerte connotación política: el New Deal de Roosevelt. Un momento que, más allá de sus sombras en términos raciales y de género, funciona en la memoria colectiva estadounidense como un recuerdo de que a veces los de abajo pueden ganar. Por situarnos, Roosevelt impuso un tipo máximo del IRPF a las rentas altas del 90%. Compárese este logro con la tímida política fiscal del gobierno más progresista de la historia en España. Por desgracia, en la memoria colectiva de nuestro país no abundan los recuerdos de grandes victorias populares que podamos resignificar desde un punto de vista ecologista. ¿Pactos de la Moncloa Verdes? No se sabe si la propuesta sería más fea que ridícula.

La transición ecológica como disputa política

El debate decrecimiento – Green New Deal es un debate sociopolítico. Sin duda está atravesado por avances en debates científicos, como por ejemplo el de los límites de las renovables para proporcionarnos la energía del futuro. Pero es importante diferenciarlos: los debates científicos se dan en otros foros y con otras reglas de juego. Saber si un mundo 100% renovable nos ofrecería un mix energético de casi 47 teravatios, como defiende de modo extremadamente optimista Mark Jacobson, o uno de 1 teravatio, como analiza de modo mucho más pesimista Carlos de Castro, es un debate esencial. Dado que nuestro actual metabolismo energético global necesita del orden de 15 teravatios para funcionar, que la verdad científica bascule hacia un polo u otro tiene implicaciones políticas de primer orden. Marcará la diferencia entre ir a más o empequeñecernos.

Pero este conocimiento científico se construye socialmente con unos procedimientos específicos de tipo académico, a través de publicaciones o debates polémicos con mecanismos de revisión, y atendiendo a ciertas precauciones epistemológicas y metodológicas, que necesariamente quedan fuera de la discusión sociopolítica. Estos más bien funcionan tomando los debates científicos como cajas negras. Se parte del abanico de posibilidades que ofrece la ciencia. Y sobre él, se disputan choques de intereses, valores, creencias, prioridades, apuestas sobre costes de oportunidad… Asuntos sobre los que las ciencias naturales no tienen mucho que decirnos.

La polémica decrecimiento – Green New Deal plantea un debate necesario e interesante, pero adelantado a su tiempo.

Lo interesante de constatar esta diferencia entre debate científico y político es que muestra a la perfección la imposibilidad de una solución tecnocrática a la emergencia climática. La transición ecológica no es una cuestión técnica sino una batalla política, social y cultural. El cambio climático, o la hecatombe de biodiversidad, son procesos mediados por construcciones socioculturales. No integran un sistema puramente biofísico que pueda ser leído y controlado en términos cibernéticos desde un puesto de mando técnico. Hay que introducir siempre una capa de complejidad que remita tanto a la dimensión simbólica e interpretativa como a la dimensión del poder. Porque el calentamiento global o la sexta extinción masiva se despliegan a través de conflictos humanos, que enfrentan percepciones culturales diversas, estructuras sociales contradictorias e intereses económicos contrapuestos. Lo hace además desde distribuciones de poder históricamente heredadas que marcan profundamente el campo de lo posible. Que la temperatura global se dispare no te afectará igual si eres rico o pobre, hombre o mujer, de un grupo cultural predominante o de uno subalterno.

La primera consecuencia de ello es que sin ciencias sociales, sin filosofía, sin historia, no vamos a comprender nada de un fenómeno como la crisis ecológica. La segunda, es que más allá de las ciencias sociales y las humanidades, tendremos también que aprender a discutir en medio de sesgos ideológicos que, lejos de distorsionar o embarrar un diálogo supuestamente neutro, son el corazón mismo del verdadero debate.

El elefante en la sala se llama Donald Trump

Aclarando la naturaleza sociopolítica del debate decrecimiento – Green New Deal, se entiende mejor que este es una suerte de remake verde del viejo debate revolución – reforma que se dio en el movimiento obrero. Los decrecentistas serían partidarios de una ruptura socioeconómica y política radical que además estaría avalada por el declive material inevitable del capitalismo ecocida, por su colapso catastrófico seguro. Los defensores del Green New Deal, advertidos de la resiliencia histórica capitalista, pondrían en duda la inevitabilidad determinista del colapso y centrarían su apuesta en un posibilismo transformador más continuista. Asumirían así las posibilidades de avanzar en una transición ecológica socialmente justa sin una enmienda a la totalidad capitalista. Bien por considerarla altamente improbable dada la correlación de fuerzas, o bien por aceptar desde cierta humildad política que, tras el fracaso del socialismo revolucionario en el siglo XX, hoy nadie sabe qué puede ser un poscapitalismo viable. El Green New Deal se marcaría por tanto como objetivo más un horizonte posneoliberal que poscapitalista.

Tomada en su dimensión sociopolítica completa, la polémica decrecimiento – Green New Deal plantea un debate necesario e interesante, pero seguramente adelantado a su tiempo. Y que sufre ese efecto que los anglosajones llaman “el elefante en la sala”. Esto es, estar ante una verdad evidente pero ignorada. El elefante en la sala de este debate se llama Donald Trump.

Día de la tierra 01

Un mes después de las elecciones estadounidenses, todo parece indicar que la lawfare trumpista no fructificará y los demócratas tomarán el poder presidencial en EEUU sin más incidencias que un último show especialmente histriónico por parte de Trump. Si esta transición de poder se da sin incidencias, y además una mayoría republicana en el Senado no termina bloqueando cualquier iniciativa transformadora, y el ala izquierda del partido demócrata consigue la influencia necesaria para que EEUU desarrolle un Green New Deal de alcance histórico durante varias legislaturas, que tendría un importante efecto arrastre en todo el mundo, entonces es posible que el debate decrecimiento – Green New Deal se torne central. Pero esta sucesión de carambolas está muy lejos de estar asegurada. Especialmente porque el trumpismo es un fenómeno que desborda la figura de Trump. Y que seguirá influyendo como un actor clave aunque Trump pase a la historia.

En este punto es necesario calibrar qué supone el auge de la extrema derecha en el marco de la crisis ecológica. Trump, los Trumps que pueden tomar el testigo, y sus diversas sucursales (Bolsonaro, Orbán, Duterte…) son una realidad política extremadamente bien afinada ante la escasez estructural que introduce la crisis ecológica. Las fuerzas políticas que hoy niegan el cambio climático no están en el fondo negando su realidad, que es incontestable. Están apostando por externalizar sus consecuencias. Buscan evitar cambios que trastoquen privilegios a costa de cargar el sufrimiento en otros. El gran error de las posiciones colapsistas, que dan al colapso ecológico la categoría de hecho consumado, es que proyectan una imagen del colapso como un desmoronamiento unitario de la sociedad industrial.

Pero como plantea Peter Frase, “la verdadera pregunta no es si la civilización humana puede sobrevivir a las crisis ecológicas, sino si todos podemos sobrevivir juntos de una manera razonablemente igualitaria”. Esto es, unas partes del mundo pueden no colapsar a costa de hacer colapsar a otras. Y esta es una pregunta para cuya respuesta perversa la extrema derecha va a optar por el negacionismo… o no. Lo hemos visto en el caso francés, cuando Le Pen ha defendido que las fronteras son la mejor herramienta contra el cambio climático. La mezcla de conciencia ecologista y aplicación de la ética del bote salvavidas, por la cual se tiene derecho a impedir que un náufrago suba al bote si este corre el peligro de volcar, es el caldo de cultivo perfecto para el éxito de discursos excluyentes. El silogismo es sencillo: si no hay para todos, nuestro “nosotros” nacional debe ir primero. En cualquiera de los dos casos, con o sin aceptación del cambio climático por parte de las fuerzas reaccionarias, resulta muy pertinente la observación de Peter Frase, que estirando un concepto propuesto por Thompson en la Guerra Fría, denomina exterminismo a este posible escenario futuro. Un escenario en el que, como afirma Riechmann, el ecocidio traería consigo el genocidio.

Mientras el fantasma de Trump sobrevuele nuestras elecciones, la disyuntiva que impone la realidad no es decrecimiento o Green New Deal, sino transición ecológica sí o no.

Sin duda la administración Trump ha sido una probeta política donde se han ensayado algunos rasgos políticos de esta tendencia al exterminismo. En su caso, además, aderezado con un negacionismo climático militante y convencido, absolutamente vanguardista, que en parte se explica porque Estados Unidos posee en su territorio combustibles fósiles no convencionales que cualquier intento de mitigar el cambio climático impedirá explotar. Como afirma Latour, con Trump saliendo de los Acuerdos de París en 2017, el ecocidio adquirió la categoría de proyecto geopolítico explícito.

Y aunque hoy parece que Trump puede pasar a la historia como un paréntesis o un bandazo, lo cierto es que durante estos últimos cuatro años el debate decrecimiento – Green New Deal se ha dado como si el mainstream geopolítico que domina el mundo fuera el capitalismo verde. Pero esto no es verdad. Ni siquiera el mainstream geopolítico dominante ha sido el business as usual capitalista convencional, lo que en los entornos ecologistas se llama el BAU, sino una suerte de HIPERBAU criminal que ha intentado convertir el negacionismo climático en la ideología oficial de la primera potencia militar del mundo. Mientras el fantasma de Trump sobrevuele nuestras elecciones, y sus diferentes franquicias puedan ganar o influir en la conformación de gobiernos, la disyuntiva que impone la realidad no es decrecimiento o Green New Deal, sino algo mucho más básico y mucho más triste: transición ecológica sí o no.

Contra el exterminismo y para el decrecimiento, Green New Deal

Salvo que alguien quisiera apostar por vías de tipo eco-leninista, con la toma armada del poder y la intención de aplicar posteriormente una dictadura ecológica como la que defendió Harich, la transición ecológica se va a disputar en marcos democráticos pluralistas en los que hay ganar elecciones a fuerzas políticas exterministas que, además, tienen a su favor el viento de cola de una antropología neoliberal consolidada durante más de 40 años de revolución cultural exitosa. Que Trump sea finalmente un presidente de un solo mandato, supone una primera derrota de la agenda exterminista y negacionista ante el cambio climático. ¿Cómo podemos consolidar esta tendencia en los próximos años?

Para esta tarea urgente y peligrosa, la confrontación Green New Deal – decrecimiento puede resultar más estéril que fructífera. Es evidente que una economía poscrecimiento es un imperativo en un planeta finito si, además, queremos que la sostenibilidad sea justa. Pero también es obvio que el decrecimiento no puede ser todavía un programa que articule una política de mayorías. Esencialmente, porque es todavía una idea altamente especulativa sin anclaje práctico. Porque sigue siendo culturalmente poco deseable. Y porque el crecimiento económico es una lógica estructural con fuertes inercias, y no una decisión política. Para intervenir sobre él hace falta hacerlo de modo colateral. No existe en Moncloa ningún freno de emergencia benjaminiano del que pudiera tirar un milagroso gobierno decrecentista que llegara al poder.

Okuda Antonio Marín

Sin minimizar los importantes choques entre ambas propuestas, que van a darse en temas espinosos y complejos como la minería, en este momento de peligro exterminista cabe pensar en una simbiosis provechosa para ambas propuestas: el Green New Deal como hoja de ruta para el frente institucional en tanto que narrativa y programa que puede permitir conquistar y revalidar gobiernos implicados en avances útiles en términos de transición ecológica socialmente justa; el decrecimiento como brújula de experimentación para la sociedad civil, que puede incidir allí donde el consenso productivista es más débil y más fácil parece transformar los imaginarios. Esto es, poniendo en duda la correlación entre aumento del PIB y vida buena. Vivir con menos puede ser una oportunidad para vivir mejor. Difundir este eslogan, y sobre todo demostrarlo, es una misión crucial que solo el activismo decrecentista (en los movimientos sociales, pero también en la creación cultural, en el emprendimiento económico, en los hábitos cotidianos) puede lograr.

Toda victoria política siempre es precedida por victorias culturales. El Green New Deal tiene a su favor varias conquistas culturales ya muy consolidadas: que el cambio climático es real, que existe tecnología que puede ayudarnos a mitigarlo, y que el protagonismo del Estado es fundamental para que un país sea también una sociedad y no un mercado salvaje donde el más fuerte se come al débil. El programa del decrecimiento tiene todavía que conquistar evidencias tan sólidas en los imaginarios colectivos. Sin duda, puede hacerlo. Mi apuesta es que el marco más favorable para ello consiste en ganar posiciones en los intersticios de un Green New Deal que, entre otras reformas, también legisle para crear pequeñas islas decrecentistas en un océano productivista, del mismo modo que una biblioteca o un hospital públicos son pequeñas islas de socialismo dentro del capitalismo.

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