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Greg Yudin: “En Rusia se está pasando del autoritarismo al totalitarismo”

Greg Yudin es filósofo y sociólogo de la Escuela de Ciencias Sociales y Económicas de Moscú. Dos días antes de que comenzara la invasión rusa de Ucrania, anticipó exactamente lo que iba a suceder, en un artículo para Open Democracy. Greg Yudin sigue en Moscú; fue hospitalizado por las fuerzas de seguridad durante una protesta en los días posteriores al inicio de la guerra. Yudin lleva tiempo advirtiendo sobre la agresiva pretensión de poder de Putin, que hace cada vez más probable un enfrentamiento militar con la OTAN. En la entrevista, describe los mecanismos de poder en los que se basa el sistema de Putin, la rápida transformación de la sociedad rusa en un orden prefascista y las perspectivas del movimiento antiguerra.

Dos días antes de que comenzara oficialmente la guerra, usted fue uno de los pocos intelectuales que advirtió de un conflicto de esta envergadura. Mientras muchos izquierdistas seguían pensando que se iba a tratar de la anexión del Donbás, usted predijo una guerra que se centraría en Kiyv, Járkiv y Odessa. ¿Cómo llegó a esta valoración?
Llevo dos años advirtiendo sobre esta guerra, pero ciertamente no era el único que la veía acercarse; al principio había gente que estudia la política rusa y más tarde los expertos en el ejército ruso también llamaban la atención sobre esa posibilidad. Pero muchos expertos descartaban o incluso ridiculizaban la posibilidad real de una guerra de gran envergadura, y la razón no es que sean incompetentes, sino que partían de supuestos erróneos. Desgraciadamente, no parece que estén aprendiendo la lección, ya que hoy descartan a gritos una escalada nuclear, partiendo de las mismas premisas erróneas. 

El principal error fue la suposición de que Putin estaría definitivamente peor después de invadir Ucrania que antes, y que esto iba a influir en sus cálculos. Sin embargo, Putin sopesó el coste de la guerra frente al coste de la inacción. Tenía muy claro que muy pronto se encontraría en una situación desesperada si no iniciaba esta operación militar en ese momento.

Después de que Putin convirtiera a Rusia en una monarquía virtual con su referéndum constitucional de 2020 e intentara asesinar a su único oponente político, Alexei Navalny, me quedó claro que estaba alimentando un plan para una gran guerra

La Rusia actual es un régimen bonapartista, muy similar al régimen francés de 1848-1870 descrito por Marx, pero también a la Alemania de entreguerras. Se apoya en los plebiscitos beneficiándose de una introducción brusca del sufragio universal y potencia agresivamente el resentimiento y el revanchismo en la sociedad tras una gran derrota (en el caso de Rusia, tras la Guerra Fría). Gobernados por un líder con un poder casi ilimitado, estos regímenes tienden a degenerar en monarquías electorales que reprimen todas las divisiones internas y son hostiles a sus vecinos. Son económicamente estables, lo que les ayuda a despolitizar a las masas, cambiando el desentendimiento total respecto a lo cívico por el bienestar relativo y el potenciamiento del escapismo hacia la vida privada. Todo ello les lleva a ser agresivos militarmente, externalizando los conflictos internos, exagerando las amenazas del exterior y, finalmente, reforzando fuertes alianzas militares contra ellos. Se dejan llevar por tendencias suicidas y se dirigen inevitablemente hacia la derrota, pero eso tiene un alto precio para todos, especialmente ahora, en la era nuclear.

Después de que Putin convirtiera a Rusia en una monarquía virtual con su referéndum constitucional de 2020 e intentara asesinar a su único oponente político, Alexei Navalny, me quedó claro que estaba alimentando un plan para una gran guerra. Dado que la mera existencia de un Estado grande y culturalmente cercano con un régimen político respaldado militarmente por Estados Unidos es vista por Putin como una amenaza existencial, resultó obvio que iniciaría una guerra para conquistar Ucrania si no lograba someterla pacíficamente. Ningún precio es demasiado alto para que Putin se haga con el control de Ucrania, ya que cree estar en peligro existencial por lo que él llama una “anti-Rusia” junto a sus fronteras. Además, Putin se enfrenta a una popularidad en declive en su país, sobre todo entre los jóvenes, y es probable que se enfrente a un movimiento de resistencia muy pronto. Necesita estar seguro de poder reprimirlo a cualquier precio.

¿Qué puede decir sobre la represión y las perspectivas del movimiento antiguerra?
El movimiento antiguerra ha conseguido mostrar una división en la sociedad rusa. Las personas que han protestado en las calles o han hecho declaraciones públicas contra la guerra han puesto de manifiesto que hay una parte importante de la sociedad rusa que rechaza esta guerra y la considera no sólo un crimen contra Ucrania, sino también una traición a los intereses de Rusia. En los primeros días, cuando las encuestas de opinión todavía tenían algún sentido (ya no lo tienen cuando uno se enfrenta a hasta 20 años de prisión por el simple hecho de llamar guerra a esta “operación militar especial”), sugerían que hasta el 25% de los rusos se oponían a esta acción militar. Creo que es un éxito considerable. Pero las protestas se han estancado. Ni siquiera es la represión lo que las impide, sino la falta de organización. Putin fue lo suficientemente inteligente como para destruir todas las organizaciones y redes políticas o civiles antes de iniciar la guerra. Es increíblemente difícil organizarse aquí; enseguida te detiene la policía o te golpean los matones patrocinados por el Estado. La falta de organización es desmoralizante. La gente está dispuesta a arriesgar su vida, a pesar de las nuevas leyes y el aumento de la violencia policial. Pero es difícil hacerlo cuando uno no ve la forma de conseguir algo. Putin siempre gana fomentando la impotencia.

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En una entrevista con Robin Celikates para TAZ, usted comparó la situación actual con la de 1938, cuando Alemania se anexionó los Sudetes. Esta comparación es muy controvertida ya que alimenta la narrativa que pone a Putin en línea con Hitler, mientras que George Bush nunca fue descrito de la misma manera cuando invadió Iraq y mató a cientos de miles de personas.
La comparación con Hitler fue desafortunada durante muchos años y nunca la apoyé. Pretendía asustar al público identificando a Putin con el mal radical. Putin estaba mucho más cerca de Napoleón III o tal vez de Franco, si se quiere enfatizar su crueldad. Esto no significa que “no fuera lo suficientemente malo”, sino que se trataba de un tipo diferente de régimen autoritario represivo.

Pero ahora la situación en Rusia ha cambiado, y no estoy seguro de que todo el mundo fuera de Rusia lo entienda. Aquí se está pasando del autoritarismo al totalitarismo. Es una cuestión de cómo se estructura políticamente la sociedad y en qué se basa el poder. En otras palabras, no es una cuestión de cantidad, sino de calidad. Y en este sentido, sí, desde hace muy poco hay claramente más similitudes con lo que se describe clásicamente como fascismo.

En Alemania tenemos una conceptualización muy estricta del fascismo y del nazismo, este último siempre vinculado a un antisemitismo eliminatorio. Intelectuales en Alemania como Felix Jaitner analizan más bien el régimen de Putin con el marco de Marx y Poulanzas del “bonapartismo”, algo entre la dictadura militar y el fascismo.
La obsesión por la esencia de la nación ucraniana y su equivalencia con la nación rusa es lo que destaca como un elemento particularmente nazi y no sólo fascista. Como prueba anecdótica, debo añadir que hace tiempo que se sabe que hay muchos admiradores de Mussolini entre las élites rusas. También recomendaría leer el artículo de Putin en el National Interest de 2020 en el que explica las causas de la Segunda Guerra Mundial. Intenta encontrar cuántas veces culpa a Alemania de esta guerra en este artículo, en comparación con las que lo hace con Polonia. En cuanto al antisemitismo, ahora mismo no hay ningún elemento antisemita explícito en el régimen. Pero hay mucho antisemitismo tácito en Rusia, y se concentra sobre todo en los servicios secretos, que ahora tienen la sartén por el mango.

Si por alguna razón Putin no consigue poner en marcha el terror y pierde impulso, es probable que las partes de la sociedad que ahora están más perjudicadas por la crisis se alíen con las élites en su contra

¿Considera que el Movimiento Z es un indicador del cambio cualitativo hacia el fascismo?
El signo Z fue adoptado de los vehículos militares rusos en Ucrania (los vehículos pertenecientes al distrito militar occidental tienen signos Z debido a la palabra rusa para referirse a Occidente: “Zapad”) y fue promovido por los propagandistas del Estado que ciertamente saben que se parece a una media esvástica. A algunas personas mayores les aterrorizaba este signo, que les recordaba inmediatamente a su infancia. Ahora los signos de la Z se encuentran en las puertas de los activistas contra la guerra, junto con amenazas, lo que indica que hay un grupo de nazis entre los siloviki [miembros de la policía secreta y las fuerzas de seguridad; nota del editor], y que ahora tienen el respaldo para hacer tales cosas.

Aún más escalofriante son las instalaciones en forma de Z que la gente de toda Rusia está formando con sus cuerpos. No sólo los funcionarios, sino también los niños de las escuelas y guarderías, reciben la orden de reunirse en forma de Z y aclamar a Putin. Al ver esa “Z”, formada por niños enfermos terminales o por niños pequeños arrodillados, es difícil no pensar en la Alemania nazi. Otra dinámica preocupante es la introducción de la propaganda descarada en las instituciones educativas, desde las universidades hasta los jardines de infancia. La visión de Putin sobre la historia de Ucrania se está metiendo ahora en la cabeza de los niños. Esto nunca fue así antes: a pesar de algunos avances preocupantes en la enseñanza de la historia, nunca se exigió compartir el juicio oficial de la historia, y mucho menos las teorías delirantes de Putin.

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¿La movilización fascista de la sociedad tiene lugar principalmente en el plano de la simbología política?
Hay que añadir a este cuadro la violencia desatada. Desde el comienzo de las protestas contra la guerra, ya hay numerosas pruebas de palizas, torturas y agresiones sexuales en las comisarías. Aunque la violencia policial no es ciertamente nueva en Rusia, estos acontecimientos indican un posible cambio a un nuevo nivel. También hay una represión total de los medios de comunicación independientes: justo el lunes [28 de marzo] cerró el último diario independiente, Novaya Gazeta, cuyo director recibió el premio Nobel el año pasado, por lo que prácticamente ya no hay medios independientes. Los que quedan son inaccesibles desde Rusia y son calificados oficialmente como “agentes extranjeros” u “organizaciones extremistas”.

Por último, el elemento más alarmante de esta nueva configuración potencialmente totalitaria es el giro ideológico que ha dado Putin desde los primeros días de la guerra: su nueva narrativa de la “desnazificación” de Ucrania.
La acusación de que las autoridades ucranianas están apoyando a la extrema derecha ha sido omnipresente en el discurso oficial ruso durante algún tiempo, y no es del todo infundada. Sin embargo, en febrero se convirtió en una retórica puramente esencialista, dando a entender que la esencia ucraniana, supuestamente rusa por naturaleza, ha sido contaminada por algún elemento nazi. Por lo tanto, es tarea del ejército ruso purgar a Ucrania de este elemento nazi. El Ministerio de Defensa ruso ya habla de establecer procedimientos de “filtración” en los territorios ocupados. Y como los ucranianos se resisten obstinadamente, la única explicación posible es que estaban aún más “nazificados” de lo esperado, lo que podría llevar fácilmente a la conclusión de que merecen ser eliminados. La misma narrativa de la “pureza” fue utilizada por Putin hace apenas unos días cuando habló del “enemigo interior”, los llamados “traidores a la nación” que deben ser “escupidos como una polilla” por la sociedad rusa para preservar su salud.

¿Es posible cuantificar el movimiento Z?
Depende de cómo se defina. El número de personas que han participado en las instalaciones del organismo público, que llevan el signo Z, lo ponen en sus coches o lo utilizan en las redes sociales es enorme. Mi estimación es que podría acercarse al 30-40% en todos los sectores de la sociedad. Sin embargo, llamar a todos ellos un solo movimiento no es correcto. Muchos de ellos han sido obligados a mostrar el cartel por sus empleadores, a menudo estatales. Muchos no están contentos con ello, pero he oído decir: “Haré lo que quieran que haga si eso salva mi trabajo”. Las personas que lo hacen voluntariamente son mucho menos numerosas. Sin embargo, algunos son realmente agresivos.

Para ser claros, aquí es exactamente donde se encuentra la línea entre el buen y viejo autoritarismo de Putin y un nuevo tipo de estado totalitario. Mientras este movimiento se escenifique mayoritariamente en contra de la voluntad del pueblo, la línea permanece sin cruzar. Sin embargo, la pasividad de las masas es realmente ilimitada, pueden convertirse fácilmente en una turba agresiva.

Hemos visto cómo la bolsa se desploma un 40% en dos semanas, pero el rublo ya se ha recuperado desde mediados de marzo. ¿Cuánto tiempo puede funcionar una economía de guerra en Rusia? ¿Las consecuencias sociales de la caída económica no provocarán un gran descontento?
Putin no se quedará de brazos cruzados y esperará a que la crisis golpee lo suficientemente fuerte como para que los rusos se vuelvan contra él. Es consciente del riesgo y, por tanto, lo más probable es que intente culpar de la crisis a los “traidores” que actúan de forma concertada con Occidente para perjudicar a Rusia. Sin embargo, si por alguna razón Putin no consigue poner en marcha el terror y pierde impulso, es probable que las partes de la sociedad que ahora están más perjudicadas por la crisis se alíen con las élites en su contra. Esto podría ocurrir relativamente pronto.

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Análisis

Paz fría

En la década anterior a la invasión de Ucrania, la economía rusa se caracterizó por un estancamiento crónico. Enfrentada a las dificultades económicas y al aislamiento político tras su aventura en Ucrania, las perspectivas para Rusia son sombrías.

¿Cómo es la base de poder de Putin en términos económicos? ¿Existe una división dentro de las élites económicas en pro/contra la guerra?
Putin ha sido capaz de construir una economía neoliberal fuerte y robusta al atenerse al modelo de mercado desencadenado de los años noventa. De hecho, los neoliberales que estaban en el poder con Yeltsin siguen a cargo de la economía con Putin. La figura clave es Elvira Nabiullina, la directora del Banco Central de Rusia. Este montaje neoliberal tiene algunas peculiaridades, como, por ejemplo, la mezcla de empresas privadas y públicas como Gazprom o Rosneft, que teóricamente pertenecen al Estado, pero que en realidad canalizan los ingresos hacia los bolsillos de los compinches de Putin. Este modelo económico aseguró un impresionante crecimiento económico durante la primera década de Putin en el poder y una relativa resistencia a las sanciones extranjeras en la segunda década.

A los ojos del mando militar ruso, la guerra es una guerra defensiva contra los Estados Unidos/OTAN/Occidente, términos que se utilizan indistintamente

Sin embargo, el crecimiento se tradujo en una enorme desigualdad. Hoy, Rusia es uno de los países más desiguales del mundo, rivalizando con Estados Unidos en este aspecto: en 2019, el 58% de la riqueza pertenecía al 1% de la población, mientras que el 10% más rico poseía el 83% de toda la riqueza, según Credit Suisse. Al mismo tiempo, Putin ha construido un sistema de goteo similar al que creó Ronald Reagan en su momento. Mientras las élites se hacían increíblemente ricas y se compraban un sinfín de lujosos yates y palacios, la población en general podía elevar su nivel de vida mediante hipotecas y créditos al consumo. Rusia tiene unos niveles de deuda privada desproporcionadamente altos, y una parte importante de las familias más pobres gasta la mitad de sus ingresos en el pago de intereses a los bancos o a las entidades de microcrédito.

Los oligarcas de Putin pueden dividirse en dos grupos. Algunos de ellos son amigos de Putin desde hace mucho tiempo del KGB. Comparten su visión imperialista del mundo y probablemente contribuyeron a empujarlo hacia esta guerra. Otro grupo está formado por aquellas personas que se hicieron súper ricas en los años 90 y pudieron multiplicar sus fortunas bajo el mandato de Putin. Es evidente que no están contentos con esta guerra, y algunos incluso se atreven a decirlo públicamente, aunque de forma sutil. Sin embargo, tanto los superricos como los tecnócratas a cargo de la economía rusa están completamente desprovistos de toda subjetividad política. Putin les ha hecho jurar que nunca se meterán política y no se atreven a desafiar sus decisiones. Le tienen miedo y aceptan que esta guerra es el destino que van a compartir con su país simplemente. De hecho, se dice que Nabiullina intentó dimitir tras el inicio de la guerra, pero Putin amenazó a su familia y la obligó a quedarse. Estas personas se sienten muy cómodas siendo rehenes.

Cuando escribimos antes de la conversación, usted dijo que Putin invadirá Polonia a continuación.
Si eso sucede, hay dos opciones: O los EE UU y la OTAN dejarán que Putin se haga con el control de Europa del Este o posiblemente estaremos abocados a la Tercera Guerra Mundial. Todavía me cuesta imaginar tal escenario, ya que el ejército de la OTAN parece muy superior al de Rusia. El objetivo de Putin no es una guerra con Ucrania ni con Polonia. Para él, estos países son inexistentes o sólo títeres de Estados Unidos. A los ojos del mando militar ruso, la guerra es una guerra defensiva contra los Estados Unidos/OTAN/Occidente, términos que se utilizan indistintamente. El territorio ucraniano es sólo el primer paso de esta gran guerra. Las tropas rusas en Transnistria [región separatista en Moldavia; nota del editor] ya están movilizadas y a la espera de establecer una conexión con el ejército ruso si toma Odessa, lo que significaría que una invasión de Moldavia sería posible.

Los Estados bálticos y Polonia son sin duda objetivos a medio plazo. No es casualidad que Putin haya exigido la retirada total de las tropas de la OTAN de los países del antiguo Pacto de Varsovia. Su estrategia militar es sencilla: amenazar con armas nucleares y apoderarse del territorio. Cree que Occidente es fundamentalmente débil, corrupto y cobarde. Esta actitud es extremadamente popular en Rusia, y Putin la refuerza.

Existe una profunda convicción en Rusia de que Occidente nunca se arriesgará a un conflicto nuclear con Rusia por un país del Este, ya sea Ucrania o Polonia. Lo que estamos viendo ahora en Ucrania confirma en general su apreciación: a Putin le basta con invocar un conflicto nuclear para que Europa Occidental reconsidere lo que está dispuesta a hacer para ayudar a Ucrania. Putin también cree que ahora mismo tiene cierta ventaja militar sobre Estados Unidos en materia de armas hipersónicas. Probablemente cree que esto sería suficiente para disuadir a EE UU de entrar en una posible confrontación nuclear. Según el ejército ruso, ya ha utilizado misiles hipersónicos en Ucrania sin ninguna necesidad militar, lo que parece un mensaje a Occidente. Lo importante es que Putin ha dicho en repetidas ocasiones que esta ventaja no durará demasiado, ya que los estadounidenses pronto se pondrán al día. Esto significa que tiene que aprovecharla ahora.

¿Cómo puede la izquierda de Alemania apoyar a la izquierda de Ucrania y Rusia en sus luchas actuales?
Creo sinceramente que el mundo corre un gran peligro. Conocemos a esta bestia desde dentro y nos hacemos pocas ilusiones de que se detenga por sí sola. La izquierda conoce la importancia de los movimientos internacionales durante las grandes guerras. Por lo tanto, debe resistirse a enmarcar este conflicto en términos de estados-nación, por ejemplo, Rusia y Ucrania, porque eso sólo fortalecería a los estados y debilitaría aún más a los pueblos. Sólo a través de la solidaridad internacional se puede detener a esta bestia. Y hay que detenerla ahora, antes de que sea demasiado tarde.

Una cosa importante que hay que hacer ahora es apuntar al dinero de los súper ricos. Esta brutal agresión ha dejado claro que el capital se vuelve loco cuando no está sujeto a control. El éxito de Putin a la hora de corromper a las élites políticas y económicas de todo el mundo se debe a que sabe que la codicia y el interés propio son las piedras angulares del capitalismo. Cree firmemente que el dinero puede comprarlo todo. Sabe que la democracia liberal es una farsa. Putin es un ultraneoliberal, ha destruido toda la solidaridad en Rusia y la ha sustituido por un cinismo desenfrenado. Por eso está seguro de que nadie va a interferir realmente en sus planes militares y de que todas las sanciones acabarán levantándose, pues al capital sólo le importan los beneficios. Tiene suficientes pruebas de ello, y la política de Merkel respecto a Rusia es un ejemplo de libro de cómo la codicia domina el poder político en el capitalismo.

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