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Día de la Democracia, noche de los machetes

A las puertas del bicentenario como pueblo independiente, es bueno reconocer que la defensa de los valores más característicos de nuestra nación ha sido una constante a lo largo de nuestra historia.

El respeto a la democracia es uno de esos valores que profesamos con rigor y no por casualidad, celebramos el Día de la Democracia Costarricense el 7 de noviembre de cada año, en conmemoración de los hechos ocurridos entre el 7 y 8 de noviembre de 1889, ya Hace 131 años.

Para muchos, la vocación democrática costarricense existe desde hace mucho más de dos siglos y es especialmente característica en nuestra región. Sin embargo, la celebración se oficializó mediante la Ley N ° 18 de 1942, declarando Día Feriado Escolar el 7 de noviembre de cada año, con el nombre de Día de la Democracia Costarricense.

El expresidente Rafael Ángel Calderón Guardia (1940-44) y su Secretario de Educación Pública, Luis Demetrio Tinoco Hernández lo impulsaron y el expresidente Oscar Arias Sánchez (1986-90) celebraron en 1989, el Centenario de la Democracia Costarricense durante la inauguración del Cuadrado del mismo nombre.

En ese año 1889 se celebrarían las elecciones presidenciales de cara a José Joaquín Rodríguez Zeledón por el Partido Constitucional Democrático y Ascensión Esquivel Ibarra por el Partido Liberal Progresista. El primero, apoyado por los sectores conservadores y la oposición, y el segundo; por el actual presidente Bernardo Soto Alfaro y las élites del llamado grupo “El Olimpo”.

Pese al amplio margen con el que gana Rodríguez Zeledón, el gobierno se negó a reconocer el resultado y trató de imponer al candidato Esquivel Ibarra. En varias ocasiones, los rodriguistas intentaron hacer entrar en razón a Bernardo Soto, con varias comisiones de negociación, que fracasaron en el legítimo intento de reconocer las elecciones.

Al día siguiente, 7 de noviembre de 1889, siete mil costarricenses encabezados por un joven con un caudillista caudillista, Rafael YGLías Castro, y armados con palos y machetes respondieron al llamado, saliendo a las calles dispuestos a afirmar la victoria electoral de la oposición .

Con urgencia, se organizó un último intento para conciliar posiciones y encontrar una salida al conflicto. Se decidió crear un grupo de notables para defender la voluntad popular, ante Bernardo Soto Alfaro y fue así que, durante la tarde y noche de ese mismo 7 de noviembre, el partido gobernante para evitar un mayor derramamiento de sangre acordó un gobierno de transición. de modo que en no más de 6 meses, el presidente electo estaría asumiendo el poder.

Como documenta la historiadora de la Asamblea Legislativa, Doña Laura María Rivera Figueroa, esa comisión mediadora de 10 notables estaba integrada por ocho costarricenses y dos extranjeros.

Encabezado por el doctor Carlos Duran Cartín, médico que da nombre a la clínica metropolitana CCSS y en ese momento, la tercera persona designada que se convertiría en presidente interino de transición entre Soto Alfaro y Rodríguez Zeledón. Estaría acompañado en esta difícil tarea por el Lic. Ricardo Jiménez Oreamuno, en ese momento un joven “Brujo del Irazú” que ya comenzaba a desplegar “su magia” en la política costarricense y que lo llevaría tres veces a la silla presidencial y a ser presidente de los tres poderes de la República. .

Dos extranjeros se habían embarcado como si fueran nacionales, en esas turbulentas aguas de lo que hoy conocemos como “la noche de los machetes”. Ernesto Rohrmoser Von Chamier, un inmigrante alemán que luego ocuparía cargos diplomáticos en nuestro país y el pedagogo, escritor y periodista español Juan Fernández Ferraz, quien con su fina pluma estaría dispuesto a relatar los hechos al mundo entero.

El resto de los notables eran nacionales que representaban la confianza de los grupos que esperaban con impaciencia el resultado de las negociaciones. Comerciantes del momento, como Juan Hernández Pacheco, o cafetaleros como Ricardo y Manuel Montealegre Monge o Juan Rafael Lizano Ulloa. También acompañado por el prestigioso notario Joaquín Aguilar Guzmán y el héroe de la Campaña Nacional de 1856, Francisco Castro Rodríguez.

El artista José Francisco (Chisco) Salazar Quesada, inmortalizó el escenario de un amanecer de Paz y Democracia de aquel 8 de noviembre de 1889 a orillas del lago de la Sabana, en su obra “Los Quince Notables o noche de San Florencio” conocida como “Noche de los Machetes”. El aceite se puede ver en la Pinacoteca Costarricense Electrónica (PINCEL) y ha sido exquisitamente documentado por la especialista Doña María Enriqueta Guardia Yinados.

A los 10 notables mencionados, suma 5 más, que habían participado intensamente en las anteriores negociaciones fallidas, sin dejar de intentarlo, sin rendirse. O también, se incluyó a los participantes de los tumultuosos hechos que tuvieron lugar esa noche en las calles de San José y en otros puntos de la geografía nacional. El pueblo se había manifestado para defender su voluntad expresada en las urnas.

Entre esos 5 notables adicionales, en medio de la imagen, se destaca el provocador ensayista Zenón Castro Rodríguez. Asimismo, a los abogados Lic. Félix Arcadio Montero Monge, para muchos, uno de los precursores del socialismo en Costa Rica y quien sería un destacado juez de la Corte, Lic. Marcelo Brenes Robles. También se sumaron Juan Bautista Jiménez y el doctor Dr. Pánfilo J. Valverde Carranza, vinculados a la Junta de Protección Social.

El artista probablemente quiso reflejar en su obra que ese Día de la Democracia, la Noche de los Machetes, fue uno donde múltiples sectores populares de Costa Rica reaccionaron a tiempo, para evitar el conflicto armado y la guerra civil. El día venció a la noche con su amanecer. La luz prevaleció sobre la oscuridad.

Muchos tenían educación superior y otros con formación básica. Algunos agricultores, otros políticos y siempre, todos preocupados por los asuntos públicos. Muchos terratenientes y otros sin tierra. Muchos liberales, otros socialistas, conservadores o progresistas y siempre, todos humanistas. Ese día, la razón y el diálogo vencieron a la violencia. Un referente ejemplar de nuestros antepasados, para todas las generaciones futuras.

En esa ocasión, nuestra Costa Rica había demostrado una vez más que el diálogo, el cabildeo y la negociación eran la forma costarricense de resolver nuestras diferencias. En esa ocasión, nuestros dirigentes supieron negociar con tolerancia, flexibilidad y voluntad para sacrificar intereses y convicciones personales, por el bienestar común, respetando siempre la opinión de la mayoría reflejada en los votos. La mejor forma de honrar nuestra democracia.

Pensar y defender solo intereses individuales o particulares no es la mejor manera de sentarse en una mesa de diálogo. Tienes que estar dispuesto a ceder, e incluso muchas veces a sacrificar parte de lo que defiendes. De lo contrario, el trato se derrumbará y todos sufriremos las consecuencias.
La democracia solo se mejora con más democracia. La voluntad popular, manifestada en las urnas, es sagrada. Cada voto representa la voluntad del ciudadano y cada voluntad manifiesta cuenta. En una verdadera Democracia, quien gobierna sólo puede ser legitimado por la voluntad de la mayoría y el mandato popular expresado en las elecciones, es el que debe prevalecer siempre. Esa es la categoría y la calidad de la democracia costarricense.

Dr. Fernando Llorca Castro
Embajador de Costa Rica en los Estados Unidos de América

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