Foreign Policy

De esclavos a gobernantes en Brasil

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En Brasil, el país más grande de América del Sur, la diversidad racial y étnica en el escenario político empuja despacio pero con notable visibilidad: en las últimas elecciones municipales de noviembre de 2020, de acuerdo al Tribunal Superior Electoral, se registró por primera vez una mayoría de candidaturas a intendentes y concejales afrodescendientes: un 48,9% –276.000 candidatos– frente a un 47,8% de candidaturas blancas.

Es uno de enero de 2021. En Cavalcante, municipio del Estado de Goiás ubicado al centro–oeste de Brasil, a poco más de 300 kilómetros del poder central de Brasilia, asume como nuevo intendente Vilmar Souza Costa, 40 años, negro y quilombola. Lo acompaña la concejala Eriene dos Santos Rosa, de 35 años, también negra y quilombola. Según la Coordinación Nacional de Articulación de Comunidades Negras Rurales Quilombolas, en Brasil han tomado posesión este enero 68 concejales y dos alcaldes quilombolas. Es poco para los 2.069 municipios existentes, pero supone un gran paso para la diversidad en la representatividad política del Brasil actual.

“Desde el año 1725, período de explotación de minas de oro y piedras preciosas por el poder colonial portugués en esta región, los trabajadores mineros, africanos y esclavos, que eran víctimas de maltrato y hostigamiento, resistían organizándose en insurrecciones urbanas y rurales y se refugiaban en lugares de difícil acceso. Así formaban los llamados mocambos o quilombos. La comunidad quilombola Kalunga nace en ese contexto, es la más grande de Brasil y está ubicada en este territorio. Esos grupos de esclavos se instalaban en valles, al pie de sierras y desarrollaron formas de organización social y económica independientes que persisten hasta el día de hoy”, explica Vilmar Souza Costa en su monografía La lucha por el territorio: historias y memorias del pueblo Kalunga.

Las explicaciones sobre la etimología de la palabra Kalunga son dispares. Algunos investigadores aseguran que en lengua banto significa «lugar sagrado y de protección «y otros refuerzan que la mejor traducción sería «hombre feliz«. En estas sierras de Brasil, Kalunga es el nombre de una planta medicinal que –según los pobladores– cura enfermedades como la malaria.

Vilmar Souza junto a Eriene dos Santos Rosa durante la campaña. LÚCIA MARTINS GUDINHO

Son las 10:14 am. Vilmar está frente a un micrófono fijo, y en una transmisión por Instagram dice a una mínima audiencia en una sala: “La separación por discriminación, cualquiera que sea, no existe. Haremos un gobierno para todo Cavalcante. Trabajaremos para cumplir nuestros sueños sin tener que salir de esta ciudad. Para esto, necesito el apoyo de todas y todos ustedes”. Después de algunas palabras más, baja la mirada, se acomoda nuevamente la mascarilla y se sienta en la primera fila. El discurso dura 8 minutos.

Para llegar a la ciudad de Cavalcante se atraviesa el Rio das Almas. La ruta se abre entre una mata verde y morros hasta llegar a un estrecho puente de casi 100 metros de largo que se mueve sobre el río, donde bancos de arena forman una pequeña playa.

“Entre los años 1957 y 1960 se construyó la ciudad de Brasilia, como nueva capital del Brasil y la ruta nacional BR 010 estaba planificada para que uno de sus ramales pasara por Cavalcante para que estuviéramos más conectados. Cosa que nunca sucedió”, cuenta Vilmar.

A la salida del puente comienza la vila –pueblo–, atravesada por una larga carretera de tierra, con algunos intentos de asfalto y por la que se evidencia la no presencia del Estado. Basta avanzar hacia el centro de la pequeña ciudad para comenzar a ver mayor infraestructura urbana y predominio de población blanca. Este quilombo de 39 comunidades y casi 8.000 habitantes está unido entre sí a través de puentes precarios, como hilos tendidos que mantienen la identidad kalunga con una fuerza invisible y una historia que las precede. Los valles y sierras que le dan un aire místico al paisaje rodean a los municipios de Cavalcante, Monte Alegre y Teresina de Goiás. Esta región de 262.000 hectáreas fue reconocida en 1991 por el gobierno del Estado de Goiás como Sitio Histórico y Patrimonio Cultural Kalunga. La referencia internacional más próxima es el Parque Nacional da Chapada dos Veadeiros cuya entrada principal, en São Jorge, queda a unos 140 kilómetros de Cavalcante.

Para la cultura quilombola kalunga, así como para los ya reconocidos 3.524 grupos de quilombos en todo Brasil, la tierra es un bien preciado que aprendieron a cultivar gracias al intercambio con los pueblos indígenas del lugar. La tierra es tan venerada como la sabiduría de sus ancianos y las prácticas de conservación de la biodiversidad; la tierra es tan respetada como las costumbres de su población, sus fiestas populares y el calendario agrícola. Esa conexión entre pueblo y preservación de la naturaleza le valió a este pueblo el reconocimiento y primer título mundial TICCA (Territorios y Áreas Conservadas por Comunidades indígenas y Locales), otorgado por el Programa Ambiental de la ONU (UNEP-WCMC) en febrero de 2021. “La tierra es nuestro sol sagrado”, repite una y otra vez Natalia Moreira dos Santos Rosa, 32 años, quien vive en la comunidad Engenho II, única comunidad kalunga con acceso a energía eléctrica.

El trabajo de la tierra que hacen los quilombolas se asemeja mucho al de pequeños granjeros y campesinos de chacras. Natalia prosigue: “Nuestros ancestros plantaban, recolectaban, limpiaban el terreno, cosían sus propias vestimentas con hilos de algodón. Las familias eran numerosas y tenían muy pocas piezas de ropa. Los calzados los confeccionaban con pieles de animales pero la mayoría estaban descalzos como los indígenas del lugar”.
El reconocimiento y restitución de la tierra es un problema histórico en Brasil, tanto para los pueblos indígenas como para los quilombolas. “El origen del problema de las tierras viene desde la ocupación de los portugueses, quienes dividieron el territorio en capitanías hereditarias ignorando a la población indígena originaria y trajeron africanos como esclavos para servir de mano de obra a los dueños de las tierras.

“En 1888, cuando se abolió la esclavitud, su condición no cambió: continuaron sometidos a sus patrones”, explica Durval Mota, ingeniero agrónomo, asesor voluntario de las comunidades kalunga. Si bien en 1985 el gobierno del Estado de Goiás reconoció y otorgó más de 10.000 hectáreas a 230 familias kalungas, en un acto pionero para Brasil, la sociedad civil organizada y los movimientos sociales se articularon para defender estos derechos e incidir en instancias gubernamentales para continuar con estos procesos de transferencia de tierras.

Mujeres tocan la broaca, un instrumento musical, en el grupo Sussa. LÚCIA MARTINS GUDINHO

Vilmar Souza enseñó Matemáticas y Geografía en escuelas rurales de las comunidades kalunga. Hoy, como alcalde, pretende paliar las necesidades que sufre su antiguo alumnado: “Tenemos que tener una formación continuada. Uno de los problemas más grandes es cómo llegar a las escuelas, la falta del transporte escolar y de accesos. No contamos con suficientes rutas”.

Como muchos de su generación, Vilmar, oriundo de lo que llaman en Brasil a roça (tierra fértil preparada para cultivar), tuvo la oportunidad de estudiar en la Universidad Nacional de Brasilia y volver al pueblo y trabajar en la región. Al terminar la licenciatura en Educación en Zonas Rurales llegó a la presidencia de la Asociación Quilombo Kalunga, en 2014.

“Participé en el proceso político de consolidación de la asociación, es una especie de alcaldía representando a los quilombolas para el diálogo con el gobierno. Ahí me enteré de muchas cosas, por ejemplo, de la lucha de nuestros antepasados por la posesión y reconocimiento de tierras que nosotros continuamos. Regularizar las tierras comlplo derecho colectivo se convirtió en una batalla fundamental. En ese camino recibí muchas amenazas y persecuciones de latifundistas que no reconocían nuestros derechos”, explica Vilmar.

Cuando Vilmar es nombrado presidente de la Asociación Quilombo Kalunga, en 2014, consigue que el gobierno federal le otorgue más de 50.000 hectáreas a la asociación.

El proceso legal de titularidad y otorgamiento de tierras a pueblos quilombolas comienza con la democracia brasileña. Estamos en 1988, José Sarney es presidente. Durante su mandato, se reforma de la Constitución Nacional que, “en su artículo 68 del Acto de las Disposiciones Constitucionales Transitorias, reconoce el derecho de los descendientes de comunidades quilombolas a tener su propiedad definitiva, siendo el Estado responsable de emitir sus títulos” cuenta el investigador Kaled Sulaiman Khidir.

La línea de tiempo sigue con el gobierno de Lula. En 2003, un decreto nacional reglamenta el proceso de identificación, demarcación y titularidad de las tierras ocupadas por los quilombolas. El Instituto Nacional de Reforma Agraria (Incra) pasa a ser responsable de este proceso. A pesar de las voluntades políticas y las tramitaciones, los resultados efectivos aún son tímidos. Solamente el 7,2% de los procesos de titularidad que habían sido iniciados fue concluido, o sea, el equivalente a 127 títulos de un total de 1.747 procesos en todo el territorio nacional.

Desde la Asociación Quilombo Kalunga, Vilmar lideró acciones de incidencia política participando en reuniones con órganos públicos para presionar por la regularización de tierras. Y desde que se inició el gobierno de Jair Bolsonaro, los procesos de estas áreas se paralizaron. A pesar de eso, la participación ciudadana y electoral de afrodescendientes, quilombolas e indígenas fue aumentando poco a poco. Y, además, el reconocimiento reciente de la ONU al pueblo y territorio Kalunga se vivió en la asociación como un golpe de suerte: “Esperamos que nos ayude a conseguir la regularización de todo el territorio que hoy es nuestra mayor dificultad”, dijo Jorge Moreira, actual presidente de la asociación, a un medio brasileño.

En el año 2020, que comenzó con la crisis del coronavirus, se pudo visibilizar otra de las urgencias del lugar: la falta de centros de salud. “No existe ni uno solo en las comunidades. Algunas de ellas tienen 2.000 personas que viven lejos de las tres ciudades y el único hospital está en Cavalcante, con un total de 25 camas pero solo ocho son aptas”, dice Vilmar.

Defender la tierra es labrarla, alimentarla y mantenerla viva. Por eso las mujeres tienen un rol fundamental en el proceso de producción agraria, así como en la organización familiar y comunitaria. Si la figura principal de esta historia es el nuevo intendente quilombola Vilmar Souza Costa, es notable la presencia de mujeres trabajando alrededor de la misma causa y ocupando espacios de decisión. Es el caso de Natalia, que asumió recientemente la secretaría ejecutiva de la Asociación Quilombo Kalunga.

“Nuestra participación es cada vez más fuerte. En las comitivas de trabajo que van al terreno somos casi todas mujeres. Visitamos a campesinos y campesinas quilombolas para asesorarlas en la resolución de conflictos y para definir formas de organización de chacras y huertas. En esta última comitiva éramos seis mujeres y un hombre”, cuenta Natalia.

Además del trabajo en sus hogares, muchas de ellas acompañan equipos estratégicos de la alcaldía como el caso de Malu Martins Gudinho, fotógrafa, documentalista y actual asesora de comunicación en la gestión del nuevo intendente. Malu comenzó su vida laboral a los 15 años trabajando en casas de familia en la ciudad de Brasilia; y pudo realizar con ayuda de sus empleadoras el curso universitario de Educación en Zonas Rurales que ofrece la Universidad Nacional de Brasilia.

Esta carrera contribuyó de manera definitiva a la formación de quilombolas para mejorar la educación en sus comunidades. Lourdes Fernandes de Souza estudió Lengua Portuguesa Aplicada. Es madre de tres hijos, profesora de la red estatal, imparte clases en el Colegio Kalunga II y ocupa la vicepresidencia de la Asociación de Mujeres del Quilombo Kalunga del municipio de Monte Alegre de Goiás. “Hoy estamos en este proceso de ocupar espacios, de progresar, de asistir a la facultad y garantizarnos un lugar: para nosotras, los estudios son oportunidades que nos permiten volver a nuestro lugar de origen y trabajar por un cambio”, dice.

A pesar del machismo estructural que aún existe en la sociedad, se perciben avances. En una de las fotos de la toma de posesión como alcalde, Vilmar Kalunga está rodeado por dos mujeres. La maestra de ceremonia es Ana Leda Dias, quien, al levantar el micrófono, dice: “Señor alcalde Vilmar, esperamos que pueda construir una gestión participativa de respeto y diálogo. La construcción colectiva ya está en curso, pero se hace necesario ampliar aún más la red para que tengamos una estructura sólida y orgánica”.

La activista política Matilde Ribeiro reconoce que en la sociedad brasileña las desigualdades entre blancos y negros que han sido construidas históricamente y que aún perduran producen exclusiones profundas. Y, según estudios, son mayores los salarios de personas blancas.

A pesar de los resultados de visibilidad política de personas negras en las elecciones municipales pasadas, la subrepresentación permanece si consideramos que el grupo de afrodescendientes representan el 56% de la población brasileña. “La expectativa que tenemos con la elección del nuevo alcalde quilombola Vilmar es que la ciudad de Cavalcante no sea más recordada por sus riquezas y fuentes naturales para el turismo ni por la industria extractiva de los minerales de su suelo, sino como el lugar donde existe el mayor quilombo de Brasil y que puede superar y transformar esa historia gracias a la fuerza colectiva de comunidades quilombolas, universidades y asociaciones civiles”, reflexiona el historiador Rafael Villas Bôas.

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