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Ciudad actual, ciudad digital

Cada semana, los dos ex presidentes vuelven a intentarlo. En tu caso, intentarlo es casi lograrlo. Se presentan a una serie de medios en el contexto de la presentación de un libro, un desayuno informativo o algún evento empresarial, y deslizan nuevos memes que probablemente sean titulares contra el Gobierno de Pedro Sánchez. Los dos ex presidentes no los llaman memes y no tienen cuenta de Twitter. Y es posible que no consideren lo que hacen cada semana como un intento fallido. Al final del día, están los micrófonos de Efe y Europa Press, varias cadenas de televisión y algunos periodistas más sin nada mejor en lo que dedicar su tiempo. Los titulares llegan puntualmente y sus palabras aparecen en televisión, siempre como noticia, aunque básicamente dicen lo mismo que la semana anterior y lo mismo que dirán la semana que viene. Pero son intentos fallidos, al menos cuando se trata de ex presidentes. Es cierto que tienen más atención que casi nadie pero también que, acostumbrados a tenerla como castigo, necesitan cada vez más dosis de caso. También hay que señalar que sus esfuerzos, encaminados a incidir democráticamente o al menos allanar el camino para una salida rápida de Sánchez de La Moncloa, se topan con un escenario de estancamiento o calma absoluta. Un año después de las elecciones generales, todo es más o menos igual en las urnas. Y que el mundo ha cambiado radicalmente.

A su manera rudimentaria, los dos expresidentes intentan seguir el signo de los tiempos. No envía la información, el contenido, sino la capacidad de captar la atención, un activo raro y valioso. Por eso no importa repetir lo mismo una y otra vez. Transformar esa atención en una acción está fuera de su alcance, aunque sus intervenciones son una tendencia de vez en cuando. Han perdido el tren del marketing político-digital, se les acaba el tiempo.

“Lo sabemos todo y no podemos hacer nada”, explica Marina Garcés en Nueva Ilustración Radical (Anagrama, 2017). Por primera vez (vaso medio lleno) la impotencia se extiende a quienes alguna vez fueron campeones de la “acción”. Dos ex presidentes que no han perdido la arrogancia y que cultivan un creciente desdén o resentimiento contra un mundo que ya no conocen son, en la economía de la atención, tan irrelevantes como quienes controlan los códigos del nuevo lenguaje de las redes.

Un alumno desconocido logró generar un pseudo-evento que en cuestión de horas fue amplificado por empresas en busca de publicidad, por otros tuiteros en busca de reconocimiento y por medios convencionales en busca de audiencia

Una década después de que las principales empresas del sector social se consolidaran como uso y costumbre de la sociedad española, Facebook y sus distintas marcas, Twitter y Google, a través de YouTube, se han convertido en el gran medio de comunicación de nuestro tiempo, o como algo aún mejor para sus intereses: organizadores o distribuidores de medios monopolísticos. Los medios tradicionales, los nativos digitales y, en general, cualquier expresión periodística hoy en día, funcionan antes que Facebook y Twitter que cualquier otro intermediario. No es por libre elección, sino por una dinámica que supera con creces las capacidades de la empresa periodística, ya que gran parte de la sociedad -7,5 millones en Twitter, 21 millones en Facebook y 16 en Instagram- participa en la economía de la atención mediada. por plataformas sociales. Una audiencia al alcance de los medios pero cautivada por las redes. Es cierto que la audiencia de televisión tradicional supera en número a la que interactúa en las redes sociales, pero la televisión ha encontrado un complemento fundamental en las industrias sociales, así como una enorme cantidad de contenidos, ideas y creatividad a coste cero.

Mejor que un reality show, como más auténtico, más fresco que los acontecimientos actuales que rodean la vida de Rivera-Pantoja, el episodio funcionó como un sustituto especialmente creíble de la sociabilidad.

Ese organismo social, no mayoritario sino masivo, ha entrado en un ciclo de autopromoción online que equipara a los individuos con los colectivos, los medios, los ex presidentes, los presidentes en ejercicio y todo tipo de celebridades, ambos nacidos en entornos digitales y reciclados por la causa. Esa horizontalidad se resume en que todos tienen algo que vender, un talento que monetizar o un prestigio que aumentar. “Una generación está creciendo como figura pública, no como un sueño remoto sino como una norma coercitiva”, explica el escritor Richard Seymour en The Warble Machine, un deslumbrante ensayo publicado a principios de este año por Akal.

Dolor de estómago

“Dolor de estómago. Obsesión. Corte de relación con la realidad. Incapaz de comer”. En su libro Low Profile (Lengua de Trapo, 2018) Guillermo Zapata, el ex concejal del Ayuntamiento de Madrid, relata las primeras horas de una tormenta mediática y política eso iba a cambiar para siempre la relación de la izquierda política o el espacio político “del cambio” con las redes sociales. Ese momento, para un proyecto que se había basado en la inteligencia conectada para sus posibilidades de éxito, también iba a ser el comienzo del naufragio en el campo de la política real.

Los síntomas físicos provocados por estar en el ojo de esa tormenta se repitieron esta semana, en el caso de una mayor difusión de un hilo de Twitter que se ha producido en España. Elena Cañizares, estudiante de enfermería, estaba consciente de cómo el mensaje que había enviado a las redes sobre la reacción de sus compañeras de piso a su positivo por covid-19 se estaba descontrolando. Los nervios asociados a la viralidad, el vértigo, la imposibilidad de pensar en otra cosa que no sea Twitter -y también la persecución y el linchamiento digital, centrado en los compañeros de habitación de este estudiante- son síntomas claros de que la “lotería” de la celebridad tiene un peaje psicosocial que trasciende el virtual.

A lo largo de esta semana, varios artículos e hilos en las redes sociales han intentado discernir por qué esto “sucedido en Ciudad Real” ha adquirido un significado nunca antes visto. Es difícil mejorar el análisis que Begoña Gómez Urzáiz ha realizado en SModa, que utiliza este ejemplo para levantar uno de los secretos de las redes sociales: la capacidad de convertir a todos los usuarios en “creadores de contenido casi profesionales”. A diferencia de los dos ex presidentes del Gobierno, un estudiante desconocido logró generar un pseudoevento que en cuestión de horas fue amplificado por empresas en busca de publicidad, por otros tuiteros en busca de reconocimiento ─ ya sea a través de una apostilla moralizante o de un hilarante meme ─ y por medios convencionales de comunicación en busca de audiencia.

El 10 de octubre, Twitter restringió doce cuentas de la Plataforma para los Afectados por Hipoteca. A día de hoy sábado 28 de noviembre, cuatro de esas cuentas, tres colectivas y una personal, permanecen bloqueadas.

Es ese episodio de mezquindad en la casa lo que convirtió el caso en un fenómeno cultural instantáneo. Un producto novedoso y en continuo movimiento basado en los mínimos conflictos que aparecen en la obra de Luisa Carnés y son los que más emoción dan a las novelas de Benito Pérez Galdós. Mejor que un reality show, en la medida en que es más auténtico, más fresco que la actualidad en torno a la vida de Rivera-Pantoja, el episodio funcionó como un sustituto especialmente plausible de la sociabilidad, dada en un contexto de pobreza social acentuada por las medidas de encierro. . Un investigador señaló, en Twitter, cómo, entre otras funciones, se confiaba en una función hipotética de la red social para mediar y reparar la relación entre los compañeros de piso mal vengados. Así, se generó un espejismo de sociabilidad en un espacio virtual no concebido para fortalecer las relaciones sociales sino, por el contrario, para la competitividad “todos contra todos”.

Ahora Madrid estático

Para Guillermo Zapata fue un alivio ser consciente de que probablemente nunca llegaría a la cima de la atención que experimentó en mayo de 2015. Tampoco Elena Cañizares vivirá un momento similar. En ambos casos hay un momento de corte, un intento o más de mitigar la viralidad, probablemente relacionado con el vértigo que comienza en el momento de la subida de la ola. Zapata aterriza, se derrumba, en la convicción de que debe renunciar, de que no podrá escribir nada que lo devuelva a su vida ante esa fama instantánea. Elena Cañizares decide eliminar el hilo que está compartiendo todo Twitter. Un sacrificio para mantener el vínculo con la realidad. Puedes ser una estrella brillante en la ciudad digital pero tienes que seguir viviendo en tu Ciudad Real.

El caso Zapata consumaba la certeza de que no se podía controlar las redes, que en las redes no se podía diferenciar la ironía de la no ironía. Según el propio ex concejal, “nadie aprendió nada” de la situación que se creó. “Nadie aprende nada excepto cómo permanecer pegado a la máquina”, concluye Seymour.

El declive de la movilización de redes

El 10 de octubre, Twitter restringió doce cuentas de la Plataforma para los Afectados por Hipoteca. A día de hoy sábado 28 de noviembre, cuatro de esas cuentas, tres colectivas y una personal, permanecen bloqueadas. La respuesta a los requerimientos de estas organizaciones y militantes la dan bots que, al parecer, intentan discernir si del otro lado de la pantalla hay bots que crean ruido digital, saltando así una serie de códigos que la empresa estableció para Estados Unidos. Elecciones estatales. . La PAH está amenazada con la expulsión de Twitter y no hay otro organismo al que acudir que una serie de algoritmos controlados por la propia empresa. Este extraño episodio ─la restricción y suspensión de cuentas se debe, teóricamente, a controles rutinarios (“nada personal”) ─ funciona como coda a la década en la que se creía que las redes sociales podían estar “ocupadas”.

Las posibilidades de autoconvocatoria, redistribución, horizontalidad y participación que se intuían en la intervención en esa industria sucumbieron a la sociofobia que construyen estas mismas redes.

Cada año surge un impulso de negación y enfado hacia los dueños de estas industrias sociales y se propone un éxodo de “los tejidos sanos” o “los buenos” hacia otras redes, normalmente diseñadas y gestionadas por comunidades de software libre. El impulso dura unas horas, hasta que se instala una especie de resignación colectiva y una conciencia individual de que el “capital digital” cosechado no se moverá a ningún lado fuera del monopolio. Nuestros personajes digitales no nos acompañarán a esas islas, pero el trabajo de Sísifo de construir una identidad en la web tendrá que empezar de nuevo.

El problema, por supuesto, no es solo la capacidad de almacenamiento y distribución comercial de esas identidades, la práctica de control, más allá de lo que la KGB podría imaginar, sobre la información y los datos. El principal problema es la ruptura de los lazos sociales de las ciudades reales, vínculos en situación de alarma y prácticamente en cuarentena desde marzo. Más allá de recuperarlos, la tarea parece más una reconstrucción.

Hemos realizado un máster apresurado para gestionar nuestra identidad digital, hemos integrado técnicas de storytelling y selfies profesionalizados, pero a cambio estamos en un proceso, afortunadamente siempre incompleto, de abandonar nuestras vidas en común y por tanto del intercambio de posibilidades. Todo a favor de una personalidad digital, que, llegado el momento, nos dará vértigo y dolor de estómago, pero que por ahora nos mantiene atentos a las pantallas.

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