Foreign Policy

ADELANTO EDITORIAL | ‘Antifascistas’, de Miquel Ramos

Los noventa: los años del plomo

La policía tomó el barrio unas horas antes y la protesta antirracista quedó encapsulada en la zona peatonal de la iglesia de San Valero, a pocos metros del mercado de Russafa. Los ultraderechistas —no más de un centenar— repartían banderas entre los suyos y se preparaban para comenzar la marcha. Era la presentación, en 1997, de Falange Española-Frente Nacional Sindicalista (FE-FNS), que tuvo lugar en el barrio con mayor tasa de residentes migrantes de València. Allí había un gran tejido asociativo, sobre todo de organizaciones de personas migrantes y ONG, que convocaron una concentración en respuesta a la provocación racista. El periódico Levante-EMV remarcaba el fiasco del acto ultra citando las declaraciones de quien se presentaba como responsable, Juan Manuel Crespo, quien «reconocía que habían tenido que aguantar el chaparrón y lamentaba que la presión de los últimos días hubiera limitado el número de asistentes».

Una vez empezó la manifestación de la ultraderecha, la policía cargó contra la protesta antirracista. Tras algunos incidentes con varios vecinos que se interpusieron ante los fascistas y un pequeño alboroto con varios jóvenes magrebíes que se plantaron ante los ultras a su paso por una mezquita del barrio, la policía disolvió a porrazos la concentración antifascista, lo que provocó carreras y encontronazos con grupos de neonazis situados en las inmediaciones de la zona a la espera de pillar a algún despistado.

Aunque una parte de la extrema derecha se transformó en marca electoral, los grupos neonazis y su violencia no desaparecieron. A finales de los años noventa, a pesar de que ya se encontraban en el foco de los medios de comunicación y la respuesta de los militantes antifascistas en las calles era cada vez más contundente, las bandas de skinheads neonazis seguían sumando adeptos. Durante aquellos años, los diferentes colectivos antifascistas empezaron a ponerse en contacto, a compartir información e incluso a organizar encuentros estatales para responder de forma coordinada a la ultraderecha.

En Salamanca, los neonazis también empezaron a organizarse a principios de los noventa. Villa, un militante antifascista de aquellos años, explica que había un movimiento de izquierdas potente. Sin embargo, con la organización de la hinchada del Salamanca empezaron a visibilizarse los grupos ultras.

Hasta ese momento, los falangistas y los nostálgicos habían sido quienes metían palizas a homosexuales, pero todo pasaba muy desapercibido. Fue ya con el fútbol cuando empezaron a verse las primeras esvásticas y cruces célticas. Comenzaron a tener contacto con Bases Autónomas, Frente Atlético y Ultras Sur, y aparecieron pintadas de Nación Joven, Acción Juvenil Española (AJE), etcétera. La primera agresión que se denunció fue en 1995 a un chico de Segovia, al que partieron la mandíbula por llevar una camiseta de Negu Gorriak. A partir de entonces, empezaron a organizarse y a atacar en grupos de ocho o diez personas.

Durante esos años, los colectivos de izquierdas de Salamanca también empezaron a organizarse frente a estos ataques cada vez más frecuentes.

Unos chavales que estaban colgando unos carteles por el juicio a un insumiso recibieron una paliza por parte de un grupo de neonazis. Ahí surge un germen de gente que se quiere juntar contra ellos y empezamos a contactar con otras coordinadoras antifascistas y a organizar nuestros propios actos, sobre todo el 20N.

La Asamblea Antifascista se crearía en 1998 con militantes de Juventudes Libertarias, Juventudes Castellanas Revolucionarias (JCR), SHARP, Juventudes Comunistas y otros grupos autónomos que en los que también participaban jóvenes de otras ciudades que estudiaban en Salamanca.

Villa creció en un barrio cercano a dos cuarteles y una residencia militar en la que vivían los mandos con sus familias.

Los hijos eran los fachas del barrio. Nos conocíamos, pero no nos enfrentábamos. Éramos del barrio y habíamos crecido en las mismas calles. A partir de 1995, las agresiones empezaron a ser más que habituales. Uno de los casos más sonados fue la paliza a dos atletas de origen magrebí que estudiaban en la universidad. También a gente de izquierdas y a muchos homosexuales, a los que cazaban a menudo en un parque donde se veían a escondidas. Estos nunca denunciaban.

Aquellos años, la Asamblea Antifascista denunció un navajazo que le dieron en la pierna a un joven vallisoletano y un botellazo a un estudiante de Biblioteconomía a consecuencia del cual le tuvieron que extraer un ojo. Pocos años después, en 2002, a Villa casi lo matan a navajazos.

Yo era de las JCR y estaba en el Ateneo Castellano, el local de Izquierda Castellana. Fui a tirar la basura y me encontré a tres de ellos en la puerta. Me increparon y, sin más, me metieron dos puñaladas en el costado. El juicio tardó dos años en celebrarse. Uno de ellos era hijo de policía; otro, militar en activo; y el tercero, militante de Democracia Nacional.

Villa estuvo diecisiete días impedido y necesitó cuarenta y tres días para recuperarse, además del daño psicológico que le supuso haber estado a punto de perder la vida. Sus agresores salieron airosos del caso: tan solo seis meses de prisión para el principal acusado, hijo de un policía, al que no le aplicaron el agravante de motivación ideológica.

La Asamblea Antifascista comenzó entonces una gran campaña de apoyo a Villa y denuncia de la violencia neonazi y su impunidad, que duraría años. Un joven de origen palestino sufrió una brutal agresión poco tiempo después. En 2007, cuatro jóvenes antifascistas y tres jóvenes latinoamericanos de nuevo fueron agredidos.

En Valladolid, el antifascismo ya se había organizado durante la transición como respuesta a la incesante violencia de los grupos fascistas, muy activos en la ciudad a principios de los años ochenta.

Ante la intensidad de los ataques de la ultraderecha, diversos sectores de la izquierda vallisoletana se organizan, gestándose el primer movimiento antifascista amplio de la ciudad con la formación de la Unidad Popular Antifascista (UPA), que lidera la convocatoria de las primeras manifestaciones de respuesta a los ataques fascistas, así como la organización de las Primeras Jornadas Antifascistas en los años 1981 y 1982.

Isaac, militante antifascista y castellanista vallisoletano, explica que en la década de los noventa el antifascismo formó políticamente a numerosas personas.

Fue una vía de incorporación a la militancia política en la izquierda de toda una generación de jóvenes nacidos durante o después de la transición, que tomó el legado de los espacios de lucha obrera
y estudiantil de décadas anteriores.

Isaac afirma:

[El antifascismo actuó] como catalizador de la unidad desde distintas ideologías —desde el castellanismo al anarquismo, pasando por el comunismo— y aportó el aprendizaje de que la implicación directa en los problemas sociales y políticos, así como el compromiso en su solución, requiere organización, unidad y movilización.

Los grupos neonazis también actuaban en Valladolid con la misma violencia que en otras ciudades del Estado, sobre todo a partir de la segunda mitad de los años noventa. El antifascismo se organizó «para la defensa de los espacios de ocio de la juventud antifascista de las agresiones neonazis, sobre todo en la Zona de Cantarranas, así como para la denuncia y el señalamiento directo de declarados neonazis en sus centros de estudio, trabajo o domicilio habitual». En 1994 se creó la Liga Antifascista en Valladolid (LAF), que organizó ese mismo año su primera manifestación por el 20N.

Estas manifestaciones se sostienen en el tiempo sistemáticamente durante dicha década, convirtiéndose en una fecha de referencia para los colectivos de la izquierda vallisoletana.

Durante estos años, surgen otros colectivos en el ámbito político y contracultural, como el SHARP o las Brigadas Negu Gorriak Valladolid, que se suman a las convocatorias y el compromiso antifascista de la ciudad.

En este contexto, ambos colectivos convocan junto con Juventudes Castellanas Revolucionarias dos concentraciones coincidiendo con el aniversario del asesinato de Guillem Agulló —recuerda Isaac. El antifascismo convulsionó la vida política del Valladolid de los años noventa, rompiendo un estigma de una ciudad donde los referentes de luchas vecinales, obreras, estudiantiles y antifascistas han sido una constante cuya semilla ha germinado hasta la actualidad.

En Zaragoza, tras el intento de asalto a la Casa de la Paz por parte de un grupo de fascistas el 20N de 1993 y la posterior creación de la Plataforma Antifascista de Zaragoza (PAZ), se empezaron a organizar alrededor de esta fecha diversas actividades para concienciar sobre el antifascismo. La PAZ sirvió de aglutinador de numerosos colectivos sociales y políticos de la ciudad, que, tras el desalojo de la Casa de la Paz, empezarían a reunirse en los locales de la Federación de Barrios de Zaragoza (FABZ). Según explica el libro Zaragoza rebelde: movimientos sociales y antagonismos (1975-2000), se estableció una rutina de reuniones semanales, se repasaba el mapa de agresiones con ayuda de gente de todos los barrios, se denunciaban agresiones, movimientos y actividades de grupos ultras y se crearon comisiones de trabajo.

Los neonazis eran visibles en la capital aragonesa sobre todo en los ambientes del fútbol, como ocurría en otras ciudades. Los miembros del grupo ultra Ligallo Fondo Norte, uno de los nidos de la ultraderecha zaragozana, se reunían en los bares de la zona de Moncasi los días de partido. Allí, como en el barrio de la Magdalena, también había bares frecuentados por gente de izquierdas, que se mantenía constantemente alerta ante las habituales visitas de los
ultras en busca de bronca. Incluso llegaron a incendiar el Centro Social Libertario. Los antifascistas, sin embargo, no se mantenían al margen de los ataques fascistas, y también realizarían acciones contra locales y propiedades de los grupos y militantes neonazis. Mientras estos solían salir siempre impunes, la policía tenía bien controlados a los antifascistas. Zaragoza rebelde, que recoge la historia de aquellos años, señala:

No era extraño recibir llamadas de la Brigada de Información para presionar a jóvenes antifascistas. Y se sucedían las detenciones sin más motivo que la declaración de un nazi mediante el reconocimiento fotográfico o bien nazis que conocían datos de antifascistas y los denunciaban cuando habían recibido algún correctivo.

Aun así, el activismo antifascista en Zaragoza no cesó, y se sucedieron las concentraciones y el señalamiento de los lugares de encuentro de los neonazis. Un local en la calle Montecarmelo y la sede de Democracia Nacional terminaron por echar el cierre ante las constantes campañas antifascistas, a las que se sumaron los colectivos vecinales.

Uno de los antiguos militantes de la PAZ recuerda un día de abril de 1997 en el que varios militantes del Sindicato de Estudiantes de Izquierdas (SEI) estaban colgando carteles de una huelga estudiantil y un grupo de neonazis los atacó. Tenían entre dieciséis y diecisiete años. «Iban a por los chavalitos, contra los mayores se cortaban», recuerda uno de los jóvenes que estaban allí. Su compañero fue apuñalado y estuvo a punto de morir. No pudo escapar, porque tenía un problema de movilidad, y fue cazado y agredido sin piedad. Uno de sus compañeros se enfrentó a los agresores armados, que seguían esgrimiendo las navajas después de haber dejado a su amigo tendido en el suelo herido de gravedad. También recibió una puñalada. Un hombre que salía de un bar consiguió parar la agresión.

Los nazis huyeron, pero los localizaron en los alrededores. Los compañeros de los agredidos, al enterarse del ataque, fueron a buscar a los agresores. Uno de los neonazis perdió la cartera durante el enfrentamiento.

Fíjate cómo era la impunidad que tuvo el morro de ir a comisaría a denunciar que le habían atacado y robado la cartera tras apuñalar a un antifascista —recuerda uno de los antifascistas zaragozanos entrevistados—. Encima, dos de los nazis eran hijos de policías nacionales.

A los pocos días se celebró una manifestación de protesta que reunió a cerca de cinco mil personas. Los organizadores de esta manifestación, a pesar de contar con el permiso correspondiente, fueron sancionados por la Delegación del Gobierno con la excusa de que habían invadido un carril del paseo de la Independencia que no habían solicitado y por el lema de la manifestación, que la posición de jueces y policías ante la violencia neonazi. «Había una impunidad total y ni siquiera entraron en prisión los neonazis».

Habitualmente, los fascistas nos señalaban. Una vez, en 1997 o 1998, sacaron un panfleto con una veintena de nombres y domicilios de militantes de izquierdas, y los repartían por sus ambientes. Vi allí mi nombre y la dirección de casa de mis padres, y todo tipo de información sobre quiénes éramos y qué hacíamos.

Las amenazas fueron a más y llegaron a atentar con explosivos contra el vehículo de un miembro del Colectivo Unitario de Trabajadores (CUT).

Sin embargo, otro enfrentamiento que hubo un domingo por la mañana entre un grupo de neonazis y varios militantes antifascistas terminaría con un joven punk que estaba en los alrededores y era completamente ajeno al altercado en prisión. Un participante en aquel enfrentamiento lo explica:

Fueron de cabeza al talego sin haber estado. Por las pintas. No nos enteramos hasta días después. Habíamos ido un grupo de afinidad a por el grupete de nazis que teníamos localizado detrás de la estación, tras varias agresiones anteriores y hartos de que siempre salieran impunes.

La PAZ, que incluso llegó a comparecer en las Cortes de Aragón para denunciar la actividad y la impunidad de los grupos neonazis a mediados de los noventa, se disolvió en 2001, pero la actividad antifascista en Zaragoza continuó hasta el día de hoy bajo otros nombres.

En València, la Assemblea Antifascista siguió con su actividad los años posteriores al desalojo del Kasal Popular, al juicio por el asesinato de Guillem Agulló y la desarticulación de Acción Radical. Los grupos neonazis seguían activos y organizaban actos cada 20N y provocaciones racistas como la del barrio de Russafa. El antifascismo valenciano experimentó un fuerte impulso en la segunda mitad de los años noventa, y convocaba cada vez que la ultraderecha anunciaba un acto y denunciaba públicamente cualquier agresión neonazi. Tras la manifestación de Russafa, en la que la policía cargó contra los antifascistas, grupos falangistas volvieron a convocar actos en honor a Franco y José Antonio el 20N. En 1997, un millar de personas trató de llegar a la iglesia San Juan de Dios, donde se celebraba el oficio religioso en memoria del dictador, pero la policía de nuevo disolvió a porrazos a los antifascistas. El año anterior había sucedido exactamente lo mismo.

Unos días antes, en Castelló de la Plana se había juzgado a doce neonazis por una brutal agresión en las inmediaciones del estadio de Castalia. Cientos de personas, convocados por la Assemblea Antifeixista de la ciudad, se habían congregado a las puertas del juzgado bajo el lema «Contra el fascismo, ninguna agresión sin respuesta». Un portavoz declaró a los medios que la concentración pretendía alertar sobre «el incremento de agresiones fascistas», ante el temor de que «los grupos de ultraderecha en Castelló se organicen de nuevo». A estos neonazis se los juzgaba por haber rodeado a un joven y haberlo apaleado en el suelo. El fiscal retiró las acusaciones de todos ellos menos el supuesto autor de la paliza, para el que tan solo pidió una multa de dos mil pesetas durante dos meses. A la salida del juicio, los neonazis se enfrentaron con los antifascistas, lo que provocó una batalla campal a las puertas del juzgado que se saldó con siete detenidos, seis de ellos perte- necientes al grupo de neonazis que acababan de ser absueltos.

Santiago Barquero, conocido como «El Tieso», era un joven de Móstoles aficionado al skate. Tenía dieciocho años y colaboraba con los grupos antifascistas de la localidad madrileña. La noche del 12 de noviembre de 1994, repartía propaganda en una zona de ocio junto a otro grupo de jóvenes antifascistas cuando varios neonazis la emprendieron a golpes con ellos. Cuando intentaron repartir un panfleto que hablaba de «la estupidez de los nazis de los noventa», el portero de un pub se les encaró y Santiago recibió una brutal paliza que lo dejó en coma. La policía no detuvo al agresor hasta cuatro días después. Un representante de la acusación declaró a El País:

La noche de la agresión no tomaron declaraciones; el domingo, cuando los jóvenes presentaron denuncia, tampoco hicieron más. Solo cuando el padre del chaval acudió el lunes a comisaría decidieron citar para el martes al denunciante y un día después procedieron a detener al portero del pub.

Barquero salió del coma tras quince días de incertidumbre, pero quedó con graves secuelas. Según explican sus amigos:

Santiago era incapaz de hablar, solo podía mover la punta de los dedos y así, por señas, comunicarse. Luego, lentamente, fue recuperando, en parte, algunas funciones básicas, volvió a mover los brazos, a articular palabras y a reír. «Con tiempo y tesón, conseguiré salir de esta», decía. A pesar de las grandes dificultades que sufría a consecuencia de la lesión neuronal que padecía y la espasticidad muscular que le quedó como secuela, Santi empezó a subirse al monopatín y fue muy poco a poco recuperando equilibrio, confianza y adaptándose, con sus limitaciones, a volver a patinar en un skatepark.

Cada día iba a rehabilitación para intentar recuperarse y «era conocido por toda la comunidad skater de Móstoles y Madrid, donde todo el mundo le daba su apoyo y lo animaba por ese afán de superación que mostraba y que le llevó a volver a patinar». En noviembre de 2015, Santiago decidió quitarse la vida. Sus amigos, que todavía lo recuerdan, editaron un disco recopilatorio en su homenaje, en el que participaron varias bandas de la escena antifascista. En verano de 2021, iniciaron una campaña para pedir al Ayuntamiento de Móstoles que el skatepark de la ciudad llevase su nombre.

Santi no fue el único joven con secuelas a consecuencia de una agresión neonazi. Se conocen los asesinatos y algunos casos graves como este, pero hubo muchos más que se quedaron en la intimidad de sus víctimas por diversos motivos. Prácticamente en todas las ciudades se siguió produciendo la violencia indiscriminada de los neonazis, pero el antifascismo empezó a tomar la iniciativa cada vez más, despegándose de la estricta autodefensa para pasar a la ofensiva. En la segunda mitad de los noventa, el antifascismo se extendió por el Estado español como un nuevo movimiento social y no se limitó a denunciar constantemente la impunidad de los grupos neonazis, sino que ya iba a buscarlos cada vez que organizaban algo. Si el Estado no actuaba contra estos grupos, los movimientos sociales no iban a quedarse quietos esperando a recibir el siguiente golpe. Llamaron la atención de las autoridades y de los medios de comunicación. Pero estos, en vez de reaccionar frente a la violencia neonazi, reforzaron el relato de las tribus urbanas, las bandas juveniles y «los extremos». Un relato que todavía hoy es el habitual cada vez que existe algún tipo de confrontación, aunque sea pacífica, con la extrema derecha.

La entrada ADELANTO EDITORIAL | ‘Antifascistas’, de Miquel Ramos se publicó primero en lamarea.com.

Related Articles